Abrumados por la inmensidad de un paisaje montañoso. Hipnotizados por la danza de las llamas del vivo fuego. En trance por el sonido de las olas del mar rompiendo sobre la arena. Minúsculos cuando, tumbados sobre la hierba, nuestra imaginación flota entre el universo de estrellas que cada noche nos contemplan. Atravesados por los colores que nos regala un atardecer.

Son sólo algunos de esos momentos tan especiales en los que el silencio se impone, la mente se queda en blanco y el tiempo se detiene. Experimentamos una placentera sensación de conexión ancestral con algo que pasó hace mucho tiempo y que, sin embargo, permanece de alguna manera dentro de nosotros.

 

Nuestro estilo de vida occidental está marcado por las prisas, la estimulación excesiva y las exigencias socio-laborales imposibles. Vivimos descompasados con respecto a nuestro ritmo original. Hemos ido abandonando nuestra relación con la naturaleza. Nuestra relación con una parte muy importante de nosotros mismos. Esto está teniendo una serie de consecuencias negativas en nuestro bienestar físico y emocional. Empleamos nuestro valioso tiempo buscando la felicidad desde el materialismo. Acabando así en oscuros callejones sin salidas donde sólo encontramos odio, competitividad, frustración e individualismo.

No tenemos tiempo ni espacio para reflexionar

No estamos educados para desarrollar nuestro pensamiento crítico, nadie nos enseña lo hermoso que puede llegar a ser vivir nuestro día a día a través de la empatía, la gratitud, la humildad y la generosidad.

No hay cabida para la maravillosa idiosincrasia del individuo. Incluso se penaliza al diferente por no encajar dentro de unos estándares sociales establecidos desde los intereses de las grandes corporaciones. Censuramos a nuestro yo primitivo y lo enmascaramos siguiendo unos patrones adquiridos incongruentes con nuestro verdadero ser.

Esta incoherencia mal gestionada emocionalmente suele ser motivo de desequilibrios. Patologías como el estrés, la ansiedad, la depresión o las dificultades del aprendizaje en niños, están tristemente abriéndose paso cada vez más entre las afecciones que sufrimos. Son, en muchos casos, el precio que pagamos por vivir inmersos en el estilo de vida que nuestro sistema socioeconómico capitalista nos plantea.

 

Pero esta forma de vida, por muy poderosa que se nos presente y por muy instaurada y normalizada que se encuentre, no ha conseguido mermar la necesidad de contacto con la naturaleza que los seres humanos tenemos.

El ser humano se ha desarrollado a lo largo de millones de años en una simbiosis profunda con este contexto único, la naturaleza. Nuestras funciones psicofisiológicas están adaptadas a ella.

Ser humano y naturaleza: beneficios

De la naturaleza extraemos todo lo necesario para la vida y para nuestro bienestar físico, psicológico y espiritual. Son numerosas las evidencias que muestran los beneficios para el ser humano que tiene el contacto regular con la naturaleza;

  • Nos restaura mentalmente y nos ayuda a reducir los niveles de estrés. El organismo se relaja y no se fatiga manteniendo una atención consciente a los estímulos que nos rodean
  • Los niveles de irritabilidad y de agresividad se reducen
  • Mejora nuestra capacidad de concentración
  • Favorece la autoestima y el autocontrol
  • Acelera la recuperación física y refuerza los pensamientos positivos y constructivos
  • Multiplica los beneficios de realizar ejercicio físico
  • Fortalece nuestro sistema inmune

 

En definitiva, los seres humanos necesitamos relacionarnos con nuestro preciado entorno natural. La naturaleza es una herramienta esencial y preventiva que aumenta nuestra calidad y esperanza de vida y nos acerca tangiblemente a una vida floreciente de felicidad y plenitud.

 

“La naturaleza te espera: generosa, palpitante de vida, hermosa, paciente, honesta y misteriosa”