En la sociedad en la que vivimos es común escuchar que se están perdiendo valores. Esto se menciona con tono enfadado, preocupado e incluso desesperanzado, puesto que es palpable el malestar que sufre la sociedad actual. Esta afirmación se refiere a una pérdida de valores en el ámbito moral y social, lo que da lugar a una falta de armonía en la sociedad que conduce a su vez a la discordia absoluta.

 

Pero ¿de qué manera podemos instaurar una concepción de valores que se ajuste a todo ser humano? Es imposible, puesto que, lo que para unos es moralmente correcto, para otros no lo es. Aquí es donde juega un importante papel la infancia: educar en valores desde este momento es fundamental para consolidar unas bases mínimas y que el niño/a interiorice correctamente estos valores. Se debe trabajar con los más pequeños en el hogar y en la escuela, instituciones que deben funcionar de manera coordinada para favorecer el aprendizaje significativo de valores y la capacidad para desarrollar un pensamiento ético.

 

¿Cómo surgen los valores sociales?

Si observamos que es en la infancia donde podemos poner solución a este problema, podemos deducir que tiene su origen en dicho momento.  Es importante reflexionar para poder resolver estos interrogantes y plantear a su vez diferentes soluciones. Tanto en el hogar como en la escuela se ha dado especial importancia a las capacidades cognitivas, incluyendo la lógico-matemática y la lectoescritora, como capacidades fundamentales a trabajar en todos los niveles escolares. No cabe duda de que estas capacidades resultan fundamentales para desenvolverse de forma competente en la sociedad actual; el problema surge cuando las priorizamos y dejamos en un segundo plano ámbitos tan importantes como la inteligencia emocional.

Hemos ido evolucionando, los métodos de trabajo han variado en las aulas, las metodologías se han adaptado a las necesidades del alumno, las aulas a su vez se adaptan a las nuevas tecnologías y en el seno de la familia observamos cómo la estructura y los roles van cambiando. Con todo ello, los ámbitos de experiencia que trabajamos con el niño se deben adaptar a las nuevas exigencias de la sociedad. Creo que la inteligencia emocional y la ética no se han trabajado como debería, y esta podría ser una razón de la problemática actual en nuestra sociedad.

A medida que el niño/a crece y se desarrolla, va ampliando su conocimiento de la realidad y del mundo que le rodea. La interacción con sus iguales y con los adultos le proporciona acceso a otro tipo de valores que puede comenzar a interiorizar: son los denominados valores sociales.

El problema y motivo absoluto de preocupación, es observar cómo estas interacciones que se dan entre iguales y con adultos quedan inmersas en una falta de respeto, en la que se observa cierta soberbia y vanidad. En los momentos en los que se necesita ayuda aparecen la competitividad y el afán de superioridad, perdiéndose así el sentido de cooperación entre iguales. Si esos son los valores adquiridos tras la interacción, se produce un deterioro moral en la sociedad, así como una falta de armonía.

Crisis y falta de valores

Sin excusar de ningún modo esta situación, puedo resaltar la crisis que sufre nuestro país como una de las razones de este comportamiento inhumano.

Todos los comportamientos que exteriorizamos son fruto de nuestro yo interior. Los comportamientos disruptivos que inundan nuestra sociedad surgen como defensa de una clara insatisfacción personal y una falta de valoración personal, consecuencia de la falta de trabajo o de la imposibilidad económica de acceder a unos estudios universitarios.

A raíz de la crisis, la delincuencia ha aumentado notablemente, lo que nos sitúa en un contexto en el que prima la desconfianza, miedo y recelo hacia otras personas.

Este hecho constituye uno de los mayores problemas en la sociedad actual, puesto que los valores son normas que nos aseguran convivir en paz y en armonía, evitando la discordia. Por lo tanto, debemos tener en cuenta que la buena convivencia se basa en enseñar a los niños a respetar los derechos de los demás y a aceptar unas obligaciones que cumplir, sin las cuales cada uno actuaría como le pareciese oportuno y caeríamos en una falta de armonía y respeto hacia los demás.

Rechazando las normas de convivencia nos exponemos a altos niveles de violencia, desigualdad, inmoralidad. Estas conductas antisociales, desafortunadamente, son cada día en más frecuentes en nuestra sociedad. Sería muy irresponsable culpar únicamente a la situación que vivimos en nuestro país, ya que cierta responsabilidad recae sobre nosotros mismos y en nuestra mano está el CAMBIO.

Es obvia la crisis por la que estamos pasando, y que podemos observar en las relaciones interpersonales o la forma de hablar. Resulta preocupante el materialismo existente, trabajando en nuestra propia persona valores pobres como el consumismo pero olvidando trabajar los sentimientos y emociones, sin tener en cuenta que una falta de armonía personal no se cubre con dinero. 

Para concluir, debo mencionar que es nuestra obligación ser conscientes del grave problema que sufre nuestra sociedad, ya que observándolo, reflexionando sobre él y aceptándolo podremos darle una solución. Para ello es imprescindible rediseñar y volver a educar a la sociedad, empezando por los más pequeños, ya que serán el pilar del futuro. Es importante, además, la cooperación y coordinación entre familia y escuela para que valores tales como respeto, autoestima, empatía, solidaridad y tolerancia sean interiorizados de manera correcta por el niño/a.

 

Además, debo destacar la importancia de trabajar la autoestima, puesto que para querer y respetar a los demás se debe comenzar por quererse y respetarse a uno mismo. Según decía Ashley Montagu: “Del mismo modo que aprendemos a odiar siendo odiados, aprendemos a amar siendo amados”. Por esa razón debemos educar en un ambiente cálido y de confianza, donde la afectividad sea el impulsor y estímulo para aprender y adquirir hábitos saludables y pacíficos que permitan un desarrollo íntegro. Conseguiremos así personas con una forjada personalidad y unos valores éticos que les ayuden a convivir en armonía con sus iguales.