¡Ay! ¡El sentido de la vida! ¿Cuántos escritos y pensamientos habrá generado esta cuestión a lo largo de los años? La filosofía, la religión y el razonamiento humano en general han intentado hallar una solución a este gran misterio desde el inicio de los tiempos: ¿tiene algún sentido nuestra existencia o somos simplemente el resultado de un compendio de circunstancias que ha acabado llenando de vida en nuestro planeta?

No hay nada que demuestre que nuestra existencia tenga algún propósito más profundo que la mera supervivencia; ¿subsistir hasta que nuestro organismo sea incapaz de mantenernos con vida?, ¿eso es todo?, ¿así, sin más? Muchas personas se niegan a admitir que la presencia del ser humano en la Tierra se limite a algo tan mundano. En fin, el propósito de este artículo no es demostrar ni una cosa ni la otra —tampoco podría, aunque quisiera—, sino reflexionar sobre el uso que hacemos de nuestra existencia en el mundo: ¿tiene sentido lo que hacemos con ella?

¿Tiene sentido nuestra vida en la sociedad moderna occidental?

¿Quién no ha maldecido alguna vez el despertador? ¿Quién no se ha preguntado en ese momento si tenía sentido la vida que llevaba? A juzgar por las caras de los pasajeros del transporte público a primera hora de la mañana, no se escapa nadie: uno se levanta cada día y corre a embutirse en un vagón de metro que acaba escupiéndolo a tres manzanas del Infierno. Y así hasta morir. Como para no preguntárselo.

En la sociedad occidental la productividad sirve para mesurarlo todo. En cualquier ámbito. Lo productivo es exitoso; lo no productivo, no. El éxito profesional, en tanto que productivo, se ha convertido en el éxito personal.  Según esta filosofía, la felicidad pasa por matarse a trabajar. Y es el propio individuo quien se autoimpone, voluntariamente, una agotadora vida laboral en pos de un supuesto triunfo personal cuando, en realidad, está renunciando a su propia vida. Él solito, sin darse cuenta y contento de creerse libre para decidir.

¿Son el ocio o la cultura algo productivo? La filosofía, el arte, la literatura… para triunfar en la vida, el hombre de la civilización moderna debe renunciar a aquello que lo hace humano. ¿Puede decirse entonces que la realización personal sea algo exitoso? La respuesta está en otra pregunta: ¿es esa realización rentable? La alienación es el camino al éxito; la reducción del individuo a su rentabilidad, el del progreso, el del avance de un modelo deshumanizador.

¿Qué es una crisis existencial?

De vez en cuando, un individuo totalmente falto de sentido común —a ojos de la sociedad— se pregunta qué pasaría si ese día no fuese a trabajar. Si se hundiría el mundo. Si tenía sentido desperdiciar su vida con el único propósito de subsistir. Si valía la pena continuar inmerso en el ciclo absurdo que movía el sistema a costa de sus trabajadores. Y aquí llega la crisis, el planteamiento del problema, la bofetada, el baño de realidad:  ¿Qué estoy haciendo con mi vida?

¡Menuda faena! Hasta ese preciso instante, ahí estaba él: asqueado y hundido en la realidad, en la única opción posible para un ciudadano en este nuestro mundo moderno. Pero, por lo menos, no sufría las consecuencias de su toma de conciencia. Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa podía hacer él? Era lo que había, ¿no?

Opciones ante la crisis

Muy bien, tenemos a nuestro pobre ciudadano sumido en una crisis de las gordas. Pues tenemos para él dos noticias: una buena y una mala. La buena es que hay dos posibles soluciones a su situación; la mala es que tendrá que decidir él mismo cuál de las dos es la acertada.

¿Debe luchar por su realización personal a costa de convertirse en un fracasado a ojos de la sociedad?; ¿debe mantenerse con los pies en el suelo y aceptar el papel que le ha impuesto el mundo?

No es una decisión fácil para él; de ella depende su futuro. La valentía de salirse del camino podría llevarlo a la realización personal; la resignación, tras conocer la realidad, haría de él un ser frustrado, pero socialmente integrado, una pieza más del mecanismo que hace girar el mundo. Un éxito del sistema en toda regla.

Si te ha gustado, te recomiendo esta lectura:
Han, Byung-Chul (2017). La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder.