Hallar humanidad y dignidad en medio de la adversidad puede parecer oficio de héroes, pero son los luchadores los que consiguen las hazañas más grandes.

La inclusión social y laboral para discapacitados parece ser bandera del desarrollo de los países, sin embargo, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), cerca de 1,000 millones de personas en el mundo tienen alguna discapacidad, de las que al menos 785 millones están en edad de trabajar. Sin embargo, estas personas aún son víctimas de alguna clase de discriminación, como un alto nivel de desempleo, prejuicios en cuanto a su productividad o incluso la exclusión del mercado laboral.

El impacto social que tiene la incorporación a un puesto de trabajo y la inclusión en la sociedad para estas personas abarca un amplio abanico de ámbitos, siendo una necesidad prioritaria para el futuro de la sociedad. Así lo descubrió Alberto Cairo, un fisioterapeuta empleado de Cruz Roja que ha trabajado en Afganistán durante 21 años.

A parte de fabricar prótesis para brazos y piernas, Alberto proporciona rehabilitación física y reinserción social para víctimas de guerra y discapacitados afganos. Sin embargo, no siempre fue así, al principio solo fabricaban prótesis, hubo de ocurrir un gran cambio para que la organización se convirtiera en lo que es ahora.

Un día el centro de rehabilitación física donde trabajaba se cerró debido a que no se consideraba una prioridad en un entorno dominado por la guerra y marcado por otras necesidades como proporcionar alimento y asilo. Alberto fue asignado a otro sector.

Poco tiempo después, volvía a casa de su nuevo trabajo cuando una bomba cayó cerca de la zona. Todo el mundo desapareció inmediatamente de la calle pero una figura permaneció en el medio de la carreta: un hombre en silla de ruedas intentando moverse desesperadamente. Alberto paró el coche y fue a ayudarle. El hombre no tenía piernas y solo tenía un  brazo, detrás de él había un niño, su hijo, acalorado del esfuerzo de empujar la silla. Después de llevarlos a un sitio seguro, Alberto le preguntó por qué no llevaba las prótesis, a lo que el hombre respondió que la Cruz Roja estaba cerrada. Sin pensar, Alberto le dijo: “Ven mañana y te daremos unas prótesis”. El hombre se llamaba Mahmoud y su hijo, Rafi.

Más tarde, Alberto se arrepintió de la promesa que había hecho: el centro estaba cerrado, no había empleados y no tenían prótesis funcionales, ¿Quién iba a ayudarles? Al día siguiente fue al centro con la intención de disculparse,  Mahmoud y su hijo ya estaban allí esperando, junto con unas 15 o 20 personas más. El guardia del edificio le dijo que iban todos los días para ver si abría el centro y que quizá podrían empezar a arreglar algunas prótesis. Poco a poco, Alberto y el guardia fueron reparando las prótesis y proporcionando rehabilitación física para que Mahmoud y los demás pudieran llevarlas.

Un día salieron todos al patio del edificio para practicar con las prótesis cuando dos grupos muyahidines empezaron una pelea y todos corrieron dentro del edificio para resguardarse de las balas. Cuando estuvieron a salvo, Rafi le dijo a su padre: “¡Papá, puedes correr más rápido que yo!”. A lo que Mahmoud respondió: “Claro que puedo correr y ahora tú puedes ir a la escuela, ya no necesitas estar conmigo empujando la silla.”

Alberto cuenta que jamás olvidará la imagen de Mahmoud y su hijo volviendo a casa ambos empujando la vieja silla de ruedas. Así fue como lo entendió, la rehabilitación física es una prioridad. La dignidad no puede esperar a tiempos mejores. Desde ese día el centro nunca volvió a cerrar.

Un año más tarde Alberto se encontró a Mahmoud, necesitaba nuevas prótesis, pero había algo más. Mahmoud parecía avergonzado, con la cabeza baja, cuando dijo:

“Tú me has enseñado a caminar, muchas gracias, ahora enséñame a no ser un mendigo nunca más, quiero un trabajo, soy un trozo de un hombre pero si me ayudas estoy preparado para hacer lo que sea.”

Necesitaban a alguien en el taller de carpintería para incrementar la producción de prótesis, podrían modificar el banco de trabajo para colocar herramientas especiales. Sin embargo, Alberto pensó que era un trabajo muy complicado y demandante y que sería cruel ofrecerle un trabajo en el que fracasaría. Así que le dio una semana se prueba.

Una semana más tarde Mahmoud era el más rápido en fábrica y  aumentó la producción un 20%. Alberto comprendió que estaba equivocado con respecto a las capacidades de Mahmoud así que comenzó una nueva política, decidió emplear a más discapacitados y empezó a planificar proyectos de micro finanzas, educación, formación profesional, educación en casa, etc.

Los trozos de hombres no existen, las personas como Mahmoud son agentes del cambio y un claro ejemplo de que garantizar el acceso al mercado laboral de las personas con discapacidad se presenta como requisito ineludible en el camino hacia una plena integración en la sociedad del colectivo para el beneficio de todos.