Hace unos días veía un programa de niños y pensaba en lo extraordinarios que estos resultan ser con su inocencia y hasta su crueldad genuina; pensaba en lo frágiles y moldeables que son y en la importancia de que estén en las manos apropiadas para que los protejan e inspiren a ser mejores cada día; para ellos mismos, para el mundo. Hubo algo en particular durante el programa que captó especialmente mi atención y que me llevó a pensar en la flexibilidad que tienen los niños para asimilar nueva información y en lo limpios que están en cuanto a prejuicios, estereotipos y odio; hablo precisamente de que los niños no entienden de discriminación; esa aceptación espontánea y genuina que poseen los niños ante la diversidad humana, ante esas diferencias o particularidades individuales y sociales que caracterizan y hacen que cada ser sea especial. Y esto es algo que, a través de la historia, lastimosamente, no ha sido apreciado como simple y valiosa riqueza de la naturaleza si no que ha sido utilizado como pretexto para manchar la historia de sufrimiento, sangre, muerte y guerras. Todo esto ha sido suscitado por la intolerancia, ignorancia y poder y, los promotores de este odio, en algún momento, fueron niños. ¿Qué pasó entonces con esa aceptación genuina ante las diferencias del otro?

Es claro que las generaciones más jóvenes, que están en pleno desarrollo social, necesitan figuras que representen para ellos un modelo a seguir, con comportamientos qué imitar. El odio o el rechazo hacia las diferencias o particularidades del otro, es decir, la discriminación como tal, puede ser transmitida de manera inconsciente o consciente a los niños y estos tienden a replicar de manera innata las conductas que observan y que escuchan, no sólo de su entorno familiar y social, sino también de los medios de comunicación y publicidad. Estos podrían adoptar entonces dichas conductas como propias y transmitirlas a lo largo de sus vidas a distintas generaciones y, ocasionando, a su vez, un impacto de mínimas o máximas magnitudes en su entorno social, en el otro. Los niños son tan receptivos a la información que vivencian en su cotidianidad que precisan de una figura que les instruya sobre cómo vivir con y en el mundo, para que puedan desenvolverse positivamente y sin mayores inconvenientes dentro de este. Por ello es de suma importancia que el respeto al otro, a sus diferencias, sea un acto naturalizado en los niños en lugar de normalizar la discriminación ¿o acaso han visto a un niño que apenas habla, discriminar a otro niño por su sexo, color de piel, forma de cabello o nacionalidad de origen?

Es entonces el respeto hacia el otro un acto que debería ser estimulado, inculcado y reforzado en cada rincón del mundo; en cada cultura, en cada sistema educativo y, más importante aún, en cada familia; el respeto por el otro junto a la aceptación de las diferencias individuales como medio para socializar, debería ser tan natural como la vida misma. Más allá de la utopía de un mundo ideal, está el compromiso de los adultos por intentar dejarle al mundo mejores seres humanos, porque de otro modo, el mundo no se hará mejor para los niños del hoy y adultos del futuro. Para los niños no existen tales complicaciones que los adultos inventamos a las diferencias, y si naturalizamos y reforzamos el respeto a las diferencias físicas o sociales, en vez de modificarlas o erradicarlas, a largo plazo, como consecuencia, existiría un mundo más flexible y tolerante para vivir, sería un mundo con un contexto social mucho más humanamente apacible.

Termino entonces con el deseo de ilustrar la realidad de que los niños cuentan con conductas innatas que resultan tan positivas como inocentes y sorprendentes, las cuales son inherentes a la mayoría de ellos. Citaré pues el “algo en particular” que mencioné en un principio, más precisamente, una pequeña escena del programa La vida secreta de los niños:

Integran al grupo a una nueva compañera llamada Kaily, es la única afrodescendiente del grupo. Después, el moderador entrevista a dos de los niños del grupo, y les pregunta de manera deliberada: ¿De qué color tiene la piel (Kaily)? – Negra. Responde uno de los niños. –Y el vestido rosa. Agrega con naturalidad.*


* Escena del programa experimental La vida secreta de los niños, realizado con población infantil entre los 4 y 5 años de edad; con el fin de observar cómo estos niños se relacionaban y cómo construían su entorno social e identidad. Cap. El resto de los niños conocen a Kaily. España, 2017.