Juana Rivas, aquella madre que denunció malos tratos en plena carrera por la custodia de sus hijos, se convirtió en la primera persona que sacó a la luz la situación subyacente con respecto a la violencia de género en nuestro país. Se establecieron así dos grupos enfrentados, el que siempre cree sobre la base de lo razonable y el que duda hasta que se demuestre lo contrario. Desgraciadamente a veces tarde y con consecuencias nefastas. Fue la primera persona en conseguir que España se dividiera públicamente en dos de manera notoria; la España que condenó su “estrategia” y la otra que  salió a la calle al grito de “está en mi casa”. Algún periódico incluso consiguió poner el título perfecto, los claroscuros de la violencia de género

Pero es que ni siquiera los números son claros, dependiendo de quién los presente. Según datos del mismo CGPJ, entre los años 2004 y 2015, más de un millón de denuncias interpuestas por violencia de género, muchas de ellas interpuestas en mitad de procesos de divorcio con custodias a decidir, fueron archivadas. De estas, más del 45% derivaron en sobreseimiento libre o provisional; casi el 12% terminaron en sentencia condenatoria y menos del 3% en condena absolutoria. Por su parte, el Observatorio de la Violencia sobre la Mujer mantiene que solo el 0,0079% son falsas. Entiendo que si lo multiplicamos por un millón da para muchos casos particulares. Sin embargo, no es del tema de las denuncias falsas o no probadas de las que quiero hablar aquí.

Yo hoy quiero hablar de esa otra parte, de los casos reales que tan bien relata el programa “Amores que Duelen”. En este espacio, Roberto Arce narra experiencias reales sufridas por víctimas de la violencia machista.

Independientemente de la polémica sobre el título en la que creo irrelevante entrar ya que en mi opinión le restaría la importancia vital que tiene el contenido, recomiendo este programa encarecidamente. Incluso aunque la dureza de ciertos capítulos impida a veces continuar. El motivo de mi recomendación es simple, aparte de haber ganado el Premio de Periodismo contra la Violencia de Género. En múltiples conversaciones en diferentes ambientes percibo que la mayoría de la gente entiende la violencia de género como concepto abstracto, estadísticas o en forma de noticias en la tele. Pero no pone caras ni conoce detalles. Ignora el terror, la negación, la sumisión, no entiende la bajada a los infiernos de una persona a la que poco a poco le han ido robando su identidad a fuerza de aislamiento, insultos y golpes.

A mí sin embargo esta concepción me parece contradictoria. Una de las lecciones mejor vividas en nuestra transición a la vida de adultos es que a base de repetición todos podemos llegar a interiorizar patrones. Como tantas y tantas personas que se miran al espejo un día y otro día repitiéndose que no les gusta lo que ven. O cuando se trabaja en un ambiente en el que solo cabe resaltar tus defectos como modo de relación laboral. Si me lo digo, se me lo dicen todos los días, probablemente la delgada línea entre la realidad y nuestra realidad se difumina. Y a veces, solo a veces, me da la impresión de que se juzga la actitud de la víctima porque cayó, en vez de al verdugo que la hizo caer.

Lo recomiendo. Te hace pensar, te hace entender, te hace ver que la vida no son blancos y negros. Reparas en que hay agujeros en los que te puedes metes sin ser consciente y de los que no sabes salir, aunque te estén tendiendo la mano. Confirmas que se puede vivir sin contarlo. Que puede pasar y sucede sin discriminación por razón ninguna. Y que deberían existir más manos amigas que se extienden y menos jueces y jurados. Pero también te hace admirar actitudes, te enseña que hay mucha gente valiente y múltiples dispositivos de ayuda. Y esto me lleva a la mejor lección de todas, que gracias a toda esa cadena de ayuda hay gente que ha podido levantarse y ha dicho basta. Y gracias a sí mismo y a todos ellos, hoy pueden contarlo.