Según la definición del Diccionario de la Real Academia Española, un indigente es “quien padece indigencia”; indigencia, del latín Indigentia,  a su vez significa “falta de medios para alimentarse, para vestirse, etc.”.  Y tenemos «Linyera«, que es «persona vagabunda, abandonada, que vive de variados recursos». Nosotros los vemos como esas personas que viven y duermen en las calles, los “sin techo”.

 

La definición social

Desde pequeña, escuchaba a los adultos decir que los indigentes eran personas a las que les gustaba vivir en la calle. Los definían como “vagos, gente que vive esa situación porque no quiere trabajar, vividores de lo ajeno, sucios, enfermos mentales, gente antisocial, etc.”

 

Generalmente, la conducta social que se utiliza hacia este tipo de personas en la calle es despectiva. Lo común es mirar hacia otro lado, ignorarlos, no responderles ni mirarlos cuando te hablan. En conclusión, fingir que son “invisibles” (si bien, no es lo que hacen todos, pero sí la mayoría).

En ocasiones, tampoco tenemos bien vistos a quienes hablan con ellos o les dan un donativo. Muchas veces nos cruzamos de acera para evitar verlos o siquiera pasar a su lado.

Para los dirigentes políticos son un “problema”, afean las calles y dan una mala imagen de la ciudad. Igualmente, no podemos negar que ninguna ciudad ni ningún país está orgulloso de sus indigentes.

Cada vez son más

Particularmente en mi ciudad, el vaivén de la situación económica,  aumentos desmesurados de precios, el cierre de fábricas y despidos masivos; generaron un aumento en la cantidad de personas en situación de calle.

 

Fue así que el Gobierno de la Ciudad hizo un pedido a todas las organizaciones de voluntarios de la región, solicitando que se acercaran al Refugio Municipal para dar una mano y colaborar.

En el lugar donde participo como voluntaria, pidieron mi colaboración y la de otros compañeros para dicha campaña. La idea consistía en proporcionar a estas personas un plato de comida caliente, ropa de abrigo y atención médica si así lo requerían.

A mí me pareció importante centrarme también en charlar, hacer un contacto más allá de los recursos a donar, centrarme en el aspecto “humano”, del que tanto habla la psicología.

Derribando el mito

Cuando hablé con ellos, todo ese mito que mencioné antes de que “eran gente vaga, pobres por decisión propia, que no trabajaban, etc.” cayó estrepitosamente por tierra.

 

La única relación que yo había tenido con estas personas, hasta ese momento, era como la de cualquier otro, el verlos en las calles durmiendo o buscando comida en los contenedores de basura.

Nada era como me habían dicho.

 

Me encontré con personas (adultos, niños, ancianos), como tú y como yo, nada había de incorrecto o malo en ellos. Sus ropas y calzados no eran nuevos ni estaban en las mejores condiciones, pero, fuera de ese distintivo, no había otra diferencia.

Algunos me contaban que llevaban poco tiempo viviendo en las calles. Habían trabajado recientemente en una tienda de indumentaria que les debía varios meses de paga y que había prometido pagárselos más adelante, finalmente el lugar cerró y quedaron sin trabajo y sin ingresos. Ante los aumentos de los alquileres y los servicios, sumados a su falta de empleo, ya no pudieron hacerse cargo de los gastos debiendo ir a vivir a la calle y dependiendo para su subsistencia de la solidaridad de la gente.

O sea que eran gente trabajadora y responsable, que sufrió un revés en sus vidas, una mala situación que escapó a su control.

Muchos abandonaron el hogar con hijos pequeños a cuestas, otros eran de edad avanzada a los que les costaba movilizarse. Los que tal vez se las ingeniaban mejor para sobrevivir eran los adolescentes, que conseguían con más facilidad trabajos transitorios. Pienso yo, que esto era por la buena predisposición que mostraban, asumo que al ser jóvenes no se sentían tan deprimidos o alicaídos como otros, contaban con mejor salud física y tenían más esperanza de lograr salir adelante.

Las mujeres son más unidas que los hombres

El de las mujeres era el grupo con más problemas y aún así el más colaborativo. Unas habían perdido su fuente laboral (coincidiendo con lo ocurrido con los hombres). Otras abandonaron  el hogar y se llevaron consigo a sus niños pequeños porque eran víctimas de reiterada violencia familiar y de género; aun denunciando estos hechos su situación no se solucionaba y se vieron obligadas a huir de sus casas con sus hijos ante el riesgo de vida que conllevaba seguir viviendo así. Este grupo de mujeres en particular es el que menos sufre la situación de indigencia. Expresan que, como viven ahora, es mejor que la condición de violencia que padecían cuando estaban bajo techo.

Han formado un grupo con otras mujeres en situación de calle, a las que consideran como de su familia. Un grupo donde se cuidan mutuamente, en el que encuentran entendimiento y contención puesto que hay otras que vivieron lo mismo que ellas, se relacionan sin soportar prejuicios o discriminación. Llegando a manifestar que “me tratan mejor que como lo hacía mi propia familia” Aunque sí reconocen que extrañan tener de vez en cuando “una buena y relajante ducha caliente”.

 

Son muy solidarias entre sí; se cuidan mucho y se preocupan las unas por las otras, como si fueran una gran familia. Duermen juntas y no todas a la vez, resguardando el sueño las que permanecen dormidas. No aceptan comida de cualquiera y vigilan a sus hijos y a los de las otras mamás cuando estas no están.

Al ser mujeres solas con niños en las calles, sufren más riesgos que los hombres. Están expuestas a los abusos y violaciones, a los secuestradores de niños y mercaderes de la prostitución.

Son más solidarias que los hombres, se preocupan más y están más atentas a los detalles, se muestran más alertas y más desconfiadas ante desconocidos.

Hay algunas que hasta hace poco estaban en sitios de prostitución. Cuando llegaron a cierta edad ya no resultaron atractivas para los clientes y se quedaron sin ese lugar para vivir, al haber perdido su “utilidad”. Otras de esta misma profesión tuvieron que irse del lugar al contagiarse de enfermedades venéreas (Sida, Herpes, Papiloma humano, etc.) ante el riesgo de infectar a la “clientela”. Por su situación, tanto las de avanzada edad como las enfermas, no lograron conseguir un empleo estable para poder mantenerse y subsistir.

Algunos no lo soportan

No todos sobreviven mucho tiempo de esta forma, privados de lo elemental para vivir, como la electricidad, calefacción, agua potable, aseo, medicamentos, alimento suficiente y saludable, etc.

Hay quienes fallecen por enfermedades o infecciones, por frío, por inanición. Otros se ven inmersos en peleas callejeras y mueren por las heridas infligidas, si no terminan en prisión.

 

Y varios son víctimas de suicidio. En este caso, son individuos que eligen tomar esta decisión de morir por no poder soportar el tipo de vida que llevan ahora, se sienten deprimidos y rechazados socialmente, padecen autodesprecio y vergüenza. No logran adaptarse a una vida de privaciones que se contrapone a como vivían anteriormente.

Sienten más hondamente el aislamiento social y desprecio por parte de otras personas, por lo que se ven más afectados en su estabilidad emocional, terminan cometiendo suicidio como forma de detener el sufrimiento que sienten tanto físico como afectivo.

Una mirada, una palabra, un saludo, pueden lograr mucho

Estas personas relatan que lo que más les ha afectado de vivir de esta forma es el cambio de “mirada” que notan en las personas cuando se encuentran con ellos.

Relatan que, personas de las que incluso fueron vecinos en su momento (cuando tenían casa), pasan a su lado sin mirarlos, sin detenerse a saludarlos siquiera o preguntarles cómo están, algunos no los reconocen o fingen no recordarlos si tratan de hacer alguna interacción.

 

“Me siento invisible”, cuentan, “si hablo con alguna persona, aunque sea para saludar o preguntar una calle, ellos miran para abajo o el costado. A veces siguen de largo sin contestar, como si no hubiesen oído que les hablo. Algunos dirigen miradas de asco o desagrado, para luego seguir su camino como si nada”.

“Entiendo que hay temor por este tema, no toda la gente que está en la calle es confiable, y comprendo la desconfianza, pero me siento invisible, como si no fuera digna, como que hice algo mal y no merezco siquiera que me miren”.

Se expresan con felicidad y entusiasmo cuando relatan situaciones en que los han “reconocido”, que los han saludado o los miraron a la cara al hablar. Veo en ellos una alegría muy notoria en estas circunstancias, que llega a ser incluso mayor que cuando reciben algo material, ya sea un alimento o una prenda de vestir en donación. Se sienten aceptados.

 

Donde vayas, habrá indigentes

El empezar a “ver” a estas personas es importante. Donde vayamos habrá indigentes. Pueden estar viviendo permanentemente en las calles, durmiendo en vehículos, o sólo pedir limosnas de día y de noche recurrir a algún refugio. Pero “están”, aunque no los veamos todo el tiempo, y son parte de nuestra sociedad.

 

Personas que han tenido problemas, o han tomado una mala decisión en sus vidas, o lo que fuere, al final del día son seres humanos.

Es importante que comencemos a difundir la definición correcta y sin prejuicios cuando hablamos de estas personas. Enseñarles a nuestros hijos desde la igualdad y la solidaridad, cuando nos preguntan por estas personas, quiénes son, por qué viven de esa forma, por qué se visten así, explicarles la situación sin recurrir a estereotipos, a prejuicios o al racismo. Definir la situación cómo es “son personas que viven de esa forma porque han tenido problemas y no tienen el dinero suficiente para vivir de otra manera”

Veo como positivo alejarnos de las definiciones denigrantes y acusatorias, como las que mencioné antes, que hablan de vagancia, de aprovechados, de enfermedades mentales, de merecimiento de la circunstancia etc.

Brindar Humanidad, ¿cómo ayudar?

Cualquiera de nosotros, familiares o amigos nuestros pueden llegar a sufrir este tipo de situación. A veces se escapa de nuestros recursos poder colaborar para cambiar este panorama.

Si ves a alguien durmiendo en la calle, puedes llamar a los servicios correspondientes del Ayuntamiento, o a las Organizaciones dedicadas a auxiliar a este tipo de personas.

En caso que notes que puedan estar mal de salud o heridas comunícate con los Servicios de Emergencias médicas de tu ciudad.

Si ves a un menor en «situación de calle» llama a los servicios de urgencias.

Recuerda siempre hablarles con respeto y cordialidad, y ten en cuenta que si no desean de tu ayuda o asistencia no puedes obligarlos a aceptarla, pero puedes llamar a un servicio médico si ves a alguien herido o que necesita un doctor.

No sabemos lo que ha vivido esa persona, lo que ha sufrido, por lo que ha pasado. Si no podemos ayudar aportando lo que necesiten estos individuos, es mucho el por lo menos tratarlos con respeto y humanidad. Tal vez parezca una tontería y que eso no soluciona o colabora en nada, pero es mucho, se puede hacer mucho sólo con eso.

Es devolverles la dignidad que sienten que perdieron, es demostrarles que no se les culpabiliza, que no se los revictimiza.

Ese saludo, esa mirada sin reproche, brinda esperanza, alienta a seguir adelante.

 

Brindar  esperanza

Y brindar esperanza es mucho. Es el apoyo que nos incita a seguir adelante, nos ayuda a ser mejores y nos alienta a no bajar los brazos. Esta experiencia que he vivido me ha cambiado mucho. Veo las cosas de forma diferente, “veo” realmente a estas personas, y es mi deseo seguir conociéndolas y ayudarlas. Y espero que mi relato llegue a ayudar a muchas más.

Me brinda a mí Esperanza que haya organizaciones como Dakari en España. No hay muchos albergues o refugios que se ocupen de estos “sin techo”. Si bien en Dakari no se dedican a esa población en particular, la obra que realizan beneficia y ayuda a todas las personas.

 

Crean conciencia sobre varios temas a través de sus artículos y publicaciones, resaltando la ética, la moral y la solidaridad. Se centran en auxiliar a niños que padecen enfermedades y exclusión social, los cuales son una de las poblaciones con más vulnerabilidad que hay, puesto que por su corta edad no cuentan con las herramientas necesarias para subsistir. Y tienen esperanza y se sienten contenidos gracias a Dakari, al esfuerzo incesante de todos sus voluntarios, que trabajan desde el afecto, la comprensión y el respeto. Elementos que nos hacen mucha falta como Seres Humanos.

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