¿Cuántas veces os han dicho a los que tenéis bebés que lloran, «déjale llorar que lo que quiere son brazos»?

Quizás el motivo de tal consejo sea el «mirar por las madres» para que no sean aún más esclavas de las necesidades de sus hijos recién nacidos, porque seamos sinceros, si hay un niño llorón o que no duerme y llora a todas horas, más que madre eres zombi. Una zombi que deambula por la casa acunando a un bebé exigente, que parece no querer descansar en otro sitio que no sean tus brazos, y es entonces cuando se empieza a mirar con miedo la cuna o el moisés, es entonces cuando se intentan calentar las sábanas como si el retoñito no fuera notar la diferencia entre unos cálidos brazos y el latido de un corazón, de una sabana caliente y un colchón. Una zombi despeinada, con ojeras y con las mechas californianas por necesidad ya que en el embarazo no pudiste mantenerlas y tras el parto no tienes tiempo ni de ducharte con tranquilidad, entre tomas, sueños, pañales, …, cuanto menos para irte tres horas a que te laven, marquen y te den tus adorados reflejos…¡Benditas madres, ahora ya abuelas, que vienen a casa echarnos una mano!

«Déjale llorar…» Una frase inocente que hace más daño del que creemos.  Recuerdo la existencia de un libro, bestseller  entre padres ojerosos, que daba pautas de actuación y tiempos para realizarlas, que tenía un título más amable que nuestro título, en este caso era «Duermete niño», que prometía, con un alto índice de éxito, acabar con el insomnio infantil. Al parecer un 35% de los niños menores de 5 años, sufre insomnio. El procedimiento consistía en hacer ver al hijo que no se tenía la intención de cogerle en brazos por mucho que llorara y entrar en su habitación a decírselo tranquilamente, cada cierto tiempo. La exigencia por su puesto era para los padres que tenían que aguantar, sin flaquear, al llanto, que según pasaba el tiempo sonaba cada vez más desesperado, de sus retoños.

Como si eso fuera fácil.

Nuestros cachorros, sí los bebés de la especie humana, son seres desvalidos hasta casi el primer año de vida donde parece que adquirimos las mismas destrezas motoras que un chimpancé al nacer. Esa vulnerabilidad que hace que necesitemos unos cuidados constantes, la garantizamos, por ejemplo con un llanto, quizás molesto, que provoca en nuestros progenitores un efecto llamada que garantiza en cierto modo, nuestra supervivencia (recordemos que venimos de las cavernas…).

Pero nuestro llanto no solo sirve para que nuestros progenitores vengan a cambiarnos los pañales o alimentarnos, no, también nos sirve para desarrollar algo tan vital en el ser humano, como es el apego.

Definición de apego:

Según la RAE, es la «afición o inclinación hacia alguién o algo».

Desde el punto de vista psicológico, apego es el afecto que se siente o se evidencia hacia una persona o una cosa. 

El apego es necesario en el desarrollo emocional del niño y tiene efectos en su vida adulta. Todos aquellos adultos que en psicología reciben orientación y tratamiento para «vencer el apego», es porque ese afecto que sienten hacia alguien o algo es insano y les impide avanzar en sus vidas y ser felices pero, una falta de apego en la infancia puede provocar en la edad adulta del bebé, no obligatoriamente una enfermedad mental, pero sí serias dificultades emocionales.

Volviendo al apego infantil, a ese afecto que los bebés nos reclaman llorando, haciendo ruiditos y sonriéndonos con esas boquitas desdentadas, es de vital importancia que se lo demos, desarrollemos y afiancemos, por eso os pido que no dejéis llorar a vuestros hijos y mucho menos con ansiedad, estrés y desesperación, eso sólo les perjudica.

Quién acuñó el termino «apego»:

Fue John Bowlby, psicoanalista británico, interesado en el desarrollo infantil quién planteó la «Teoría del apego». Quizás su interés en el desarrollo emocional infantil se debiera a su propia experiencia como hijo de clase alta británica en la que el «cuidado parental» se delegaba en niñeras y amas de casa. Os invito a que os deis una vuelta por la vida de John Bowlby , para entender algo mejor sus motivaciones.

Clases y fases del apego:

Se puede distinguir entre dos clases de apego, el «apego infantil» y el «apego adulto» y en cada uno se distinguen varios tipos y fases. Nosotros nos vamos a centrar en el apego infantil.

Apego infantil

El apego infantil se divide en cuatro etapas.

  • 1ª Etapa. Desde el nacimiento hasta los 2 meses de vida.
  • 2ª Etapa. Desde los 2 meses a los 7 meses de vida.

Estas 1ª y 2ª etapas son parte del conocido «apego de construcción», es decir se va creando el apego. En la primera fase, el niño se conforma con cualquiera que le de comfort, pero en la segunda fase ya va reconociendo a su madre, o a la persona que realice las funciones de cuidadora, aunque aún no  sufre al separarse de ella.

  • 3ª Etapa. Desde los 7 meses a los 30 meses de vida.  Denominado como «apego específico», muestra la vinculación del bebé con alguien en concreto y su sufrimiento ante la separación con esa persona además de la aversión o miedo ante personas desconocidas.
  • 4ª Etapa. De los 30 meses de vida en adelante. No se entristece ante la separación del cuidador, porque entiende que es temporal y desarrolla el apego con otras personas e incluso objetos.

En estas etapas, donde el apego se crea y afianza con mimos, atenciones verbales, físicas, estimulación, afecto y en una palabra, en el acudir y cubrir las necesidades emocionales del niño, parece que son completamente opuestas al tan extendido «Déjale llorar, sólo quiere brazos».

El desarrollo del apego infantil hará que nuestros hijos sean niños seguros de sí mismos, que tengan una visión y consideración óptima de su persona y de su entorno y por lo tanto hará que tengan más habilidades sociales que los niños que padezcan falta de apego los cuales no solo habrán crecido con estrés emocional, ansiedad y seguridad si no que les hará tener baja autoestima y seguramente provocarán dificultades en la creación de vínculos afectivos con los demás en su edad adulta.

Si nada de lo anterior  os convence y seguís con la idea de «dejar llorar», os menciono un estudio que seguro marcará un punto de inflexión en vuestro comportamiento respecto de los lloros de los bebés.

La revista Scientific American publicó en su día  un informe de René Spitz del Instituto Psicoanalítico de Nueva York  y de su colega Katherine Wolf, en el que reflejaron los resultados del cuidado de 91 niños abandonados en la zona este de Estados Unidos y Canadá, sometidos a estudio y llegaron a la conclusión que dando los mismos cuidados médicos y la misma alimentación a todos, los bebés que presentaban síntomas de ansiedad y de tristeza no sólo tenían problemas para desarrollarse físicamente y coger peso, sino que además pasaban por etapas de insomnio y estrés, que perjudicaban su salud llegando a fallecer 34 de ellos.

¿Por qué creéis que se requieren voluntarios para abrazar a esos recién nacidos de madres adictas al hachís o las drogas, que sufren efectos distintos según la adicción de la madre y que les producen ansiedad, dolor, convulsiones, etc? Pues porque necesitan amor, abrazos, consuelo, en una palabra, APEGO.

¿Sabéis ya que hacer y decir cuando alguien os sugiera dejar llorar a cualquier bebé?