El mundo NO será destruido por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa”

Albert Einstein

 

Seguramente, si nos preguntan si socorreríamos a alguien que estuviera en peligro, nuestra respuesta sería sí. Pero, ¿cuántos/as en realidad lo haríamos?

 

Una muerte que pudo ser evitada

El 13 de marzo de 1964, Catherine “Kitty” Genovese fue agredida sexualmente y asesinada en Queens, Nueva York. Kitty volvía del trabajo, cuando un hombre la sorprendió en la puerta de su edificio, asestándole dos puñaladas. Ante sus gritos, un vecino increpó desde su ventana …”¡deje en paz a esa muchacha!”, esto provocó que el atacante huyera. Pero mientras ella intentaba entrar en su portal, arrastrándose y desangrándose; el asesino volvió para consumar la agresión sexual y el homicidio. Ella no dejó de gritar y pedir que alguien la ayudara, pero sólo uno y tarde, llamó a la policía.

Más de 12 testigos permanecieron inertes ante los gritos de Kitty durante más de media hora. No fue suficiente para lograr una reacción o una llamada a la policía. Un abultado número de personas que decidió mirar para otro lado ante un brutal asesinato.

Pero, llega la hora de la verdad… ¿Qué hubieras hecho tú?

Efecto espectador

Éste asesinato junto a la impasibilidad y falta de reacción de los vecinos, propició que se comenzara a investigar sobre el tema. Latané y Darley diseñaron un estudio que corroboró y propició la denominación del “Efecto del espectador“: Ante una situación de emergencia, los espectadores intentan convencerse de que otra persona ayudará. El problema llega cuando todos llegan a la misma conclusión, desencadenándose la indiferencia y la difusión de la responsabilidad en otros (McKeachie & Doyle, 1973).

 

Algunos de los notables resultados que obtuvieron fueron:

  • Es más probable que una persona intervenga en una situación de emergencia, si se encuentra solo que si se encuentra acompañado.
  • mayor número de espectadores, menor probabilidad tendrá la víctima de recibir ayuda. Esto es conocido como el fenómeno “difusión de la responsabilidad“. La necesidad de involucrarse, se diluye cuando examinamos el escenario y observamos que hay más gente. ¿Si hay 10 personas, por qué tengo que ser yo el que ayude?
  • Es menos probable que ayudemos cuando supone un alto costo para el que ayuda y un bajo costo (percibido) para la víctima (Arias, 2015).

Factores que influyen en el espectador

La conducta prosocial y la empatía intervienen directamente en este efecto. Martorell define la conducta prosocial como: …”La conducta voluntaria y beneficiosa para los demás que guarda relación con el desarrollo emocional y la personalidad.  Las acciones de ayuda, cooperación y altruismo están englobadas en el espectro de la conducta prosocial”…

La empatía (capacidad de comprender al otro y ponerse en su lugar) es el concepto que más interviene en el establecimiento de la conducta prosocial. Si nuestra capacidad de empatizar es amplia, probablemente llevaremos a cabo con más frecuencia conductas prosociales y altruistas. Cuanto más interioricemos e incorporemos estos dos constructos clave a nuestro repertorio conductual, menos espacio dejaremos a la indiferencia generada en el efecto espectador.

Germinar la empatia y la conducta prosocial en las nuevas generaciones

Es realmente importante incidir en niños y adolescentes promocionando la empatia y  la prosocialidad. Elevando los niveles de estas , derivan en bajas puntuaciones de impulsividad, hostilidad, conductas delictivas e inestabilidad emocional (Garaigordobil, 2005).  A través de los siguientes procedimientos podemos lograr este aumento:

  • Mediante una comunicación enriquecedora padres/madres- hijos. Debemos fomentar una comunicación basada en expresiones de afecto positivo, así como mensajes que alienten la toma de perspectiva.
  • Servir de modelos empáticos y prosociales, utilizando la propia conducta de ejemplo para lograr que ellos puedan ir interiorizandolos en su código moral.
  • Alentar la génesis de motivación intrínseca, la cooperación, la disciplina y el autocontrol, en lugar de la excesiva motivación extrínseca y la competividad. Los refuerzos materiales y los castigos, no funcionan para lograr cultivar conductas altruistas.
  • Desarrollar actitudes resilientes estables a lo largo del tiempo.
  • Promover las inducciones ( prácticas parentales consistentes en analizar la aflicción de la víctima, en situaciones en las que el niño/a haya cometido una falta contra otra persona) con el fin de que tome conciencia de sus acciones y las repercusiones emocionales de estas (Patrick & Gibbs, 2007).
  • Asegurarnos de establecer a tiempo un estilo de apego seguro.

 

Modificar patrones destructivos en adultos

Un ejemplo cada vez más extendido de estos patrones, es el síndrome Burnout o del “trabajador quemado”. Suele encontrarse en pacientes adictos al trabajo. Este síndrome se relaciona inversamente con el desarrollo de la conducta altruista y prosocial. Esto quiere decir que cuando tenemos automatizadas este tipo de conductas en nuestro esquema moral, la probabilidad de padecer dicho síndrome será menor. Ésta patología suele originarse en el entorno laboral, provocando niveles limitantes de estrés, ansiedad, depresión y agotamiento. Síntomas producidos por la falta de apoyo en el trabajo, escaso reconocimiento y la excesiva carga de trabajo.

Para prevenir este síndrome y promover un trabajo en equipo de calidad, debemos buscar un equilibrio en todas las facetas de nuestra vida (familia y trabajo). No caer en la procrastinación,  para evitar la sobrecarga de trabajo y adoptar y transmitir en nuestro entorno laboral un estilo de comunicación asertiva.

Está en nuestra mano batallar, en la medida de lo posible, contra el egoísmo individualista en situaciones que requieran nuestra ayuda. QUÍTATE LA VENDA,  INTENTA PONERTE EN EL LUGAR DE LOS DEMÁS Y PREGÚNTATE ¿Y SI FUERA YO?

“No busques en la sociedad el permiso para ser tú mismo.”

Steve Maraboli