Llevas toda la vida estudiando. Has conseguido tu casa, tu familia, tu puesto de trabajo soñado. Todo lo que una vez te propusiste lograr. Estás satisfecho, ¿no?

Pero de repente, caes en la cuenta de que tu mejor amigo de la infancia, aquel que te copiaba en los exámenes, que se pasaba la vida de fiesta en fiesta y nunca estaba preocupado, ha logrado «triunfar» a su manera.

Es probable que, en este caso, lo que has logrado tú ya no te parezca para tanto, que no te resulte suficiente. Porque si todo el mundo tiene lo mismo… ¿qué te hace especial?

Colectivistas vs Individualistas

En la historia siempre ha habido gente que buscaba estar por encima de los demás. Otros solo buscaban hacer lo correcto. Esta diferencia no solo se da a nivel individual, sino también entre culturas.Algunos grupos de personas adoptan una actitud más colectivista, mientras otros se centran más en el individuo.

En las primeras, no se da importancia a los éxitos personales tanto como a las relaciones. Da igual quien haga qué, mientras al final contribuya al grupo. Los intereses de éste priman sobre los de la persona. Además, suelen ser culturas más colaborativas; unos se ayudan a otros en vez de entorpecer a los otros en su beneficio.

En el lado opuesto encontramos las culturas individualistas: los individuos están menos ligados a otros miembros de su grupo. Suelen mirar por sí mismos y sus intereses, antes que por las personas de su alrededor. Más que la cooperación o la capacidad de aportar y trabajar en equipo, se valoran los éxitos personales y el poder.

Por suerte o por desgracia, lo más común en la actualidad es el segundo caso. Estamos marcados por la cultura de la comparación. Vivimos en una sociedad en la que importa más ser mejor que el resto, que ser bueno por ti mismo. Tener más amigos, tener más dinero, llegar más lejos. Y esto no solo tiene que ver con la percepción de las personas, sino que es la propia sociedad la que nos obliga a competir. Solo el más rápido se lleva el premio.  Solo el mejor, consigue la beca, el ascenso.

¿Cuáles son las consecuencias?

Esta creencia de que debemos ser mejores que los demás desemboca en relaciones de competitividad y conflicto entre amigos y compañeros. Hay gente tan obsesionada con destacar que es capaz de pasar por encima de quien sea para conseguir sus objetivos. Jugar sucio, hacer trampas… Dar más importancia a los logros materiales que las relaciones interpersonales.

No solo ocasiona conflictos interpersonales, sino también dentro de uno mismo: ansiedad, estrés y frustración. Además, insatisfacción: siempre va a haber personas que tengan algo que tú no. Esto provoca que nunca estemos satisfechos con lo que tenemos. Siempre habrá algo nuevo que desear, que conseguir. Si lo consideramos en términos de competición, solo puede haber un primero. Una misma persona no siempre podrá destacar, así como no todos podemos hacerlo.

Podría además provocar una peor calidad en las cosas que hacemos. Si no hace falta ser bueno, sino solo mejor que los demás, con rodearme de personas que pongan el listón bajo es suficiente. Así como, si por mucho que me esfuerce nunca voy a ser el mejor, ¿para qué intentarlo?

Si nos dejamos llevar por las exigencias de la sociedad, al final nos estamos perdiendo todo el camino: solo estamos mirando el resultado. No disfrutamos de las cosas que tenemos, ni de la gente que nos rodea, pues estamos demasiado ocupados tratando de superarlos. ¿Por qué no olvidarnos de los demás y tratar de estar satisfechos con nosotros mismos?