¿Alguna vez has sentido la necesidad de decir o hacer algo que se desmarca de tu comportamiento habitual, pero has reprimido el impulso, quedándote con las ganas? Juraría que nos pasa a todos, todo el tiempo. Creo que en una dimensión paralela convive todo lo no expresado: las verdades que escondemos, las ideas que reprimimos, las bromas que callamos, las facetas que no vivimos, los planes que nunca ocurren, las determinaciones que no tomamos, todas las alas cortadas.

Pero ¿por qué no nos atrevemos? Por miedo o por vergüenza. Porque transgredir el hábito choca con la propia concepción de uno mismo al mismo tiempo que con la concepción que los demás tienen de nosotros. Estamos acostumbrados a definirnos en base a etiquetas prefabricadas que seguramente tienen su origen en una época muy anterior y no han sido revisadas de nuevo en la adultez:

“Siempre he sido tímido”, “Me gusta estar sola”, “Soy muy responsable”, “El trabajo es muy importante para mí”, “Soy un auténtico desastre”, “No se me dan bien los números”, “No soporto perder”. Todas las autoafirmaciones de este tipo pertenecen a nuestra personalidad, al papel que interpretamos para enfrentarnos al mundo y con el que los demás nos identifican.

Esta visión de nosotros mismos suele mantenerse estable, porque la personalidad es algo relativamente constante y sólido en el tiempo. Sin embargo, los seres humanos somos infinitamente dinámicos. La vida avanza y cambiamos, nos reajustamos en función de nuestras experiencias, y aunque es cierto que lo esencial puede permanecer inmutable, existen infinitas posibilidades de ser más allá de las etiquetas que ya conocemos. Entonces, es posible pensarse y atreverse a ser de otras maneras. Modificar la definición, cambiar el guion, interpretar otros papeles sin necesidad de destruir el propio, el ya conocido. Diversificar, ser más flexibles. No encasillarnos, ni encorsetarnos. Las etiquetas están bien si te hacen sentir bien. Pero hay vida más allá. Mucha. Y es ilimitada.

Es bueno hacer introspección e identificar qué nos contamos a nosotros mismos. Quizás descubrimos que el diálogo interior a veces nos limita, no nos deja explorar, nos hace sentir culpables, avergonzados, no nos deja ser. Obviamente, siempre usaremos etiquetas para definirnos, la clave reside en ser flexible, tolerar y permitirnos el cambio, y no dar por sentado que porque algo ha sido siempre de una forma, necesariamente debe mantenerse así.

El hecho de ser una persona tímida, solitaria, optimista, valiente, o cualquier otro adjetivo con el que te hayas identificado toda tu vida, no quita que no puedas mostrarte de otras formas en determinadas ocasiones, o dejar de ser así si ese es tu propósito. “Siempre he sido así”. Estupendo. ¿Y qué? La vida es cambio, movimiento, fluidez. La etiqueta, solo texto. Si te incomoda, aunque solo sea a veces, silénciala. Temporalmente o para siempre. Sustitúyela, elimínala. Añade otras, amplía tu espectro. Haz lo que quieras/necesites con ella. Es tuya, pero no eres tú, al menos no tú todo el tiempo. Es una construcción. Un pacto. Un acuerdo contigo mismo. Una afirmación que te has creído a fuerza de repetírtela o de actuarla. Piénsate de la forma que necesitas y serás de la forma que quieres.