El voluntariado es una experiencia única, que se manifiesta de una gran variedad de formas, gracias al mundo vasto y polifacético en el que habitamos. Por ello, en cada rincón de este planeta habrá un colectivo que necesitará ayuda, que precisará de una mano amiga para hacer frente a la adversidad o cuyas necesidades no se verán satisfechas. De esto no me cabe duda alguna.

Hoy, a mis 25 años de edad, quisiera echar la vista atrás hasta llegar a mi primera experiencia como voluntaria, que me marcó como persona, como profesional y como habitante de la llamada «aldea global».

 

Mi experiencia como voluntaria

Como les ocurre a otras personas, el ser voluntaria era una especie de sueño que no terminaba de tomar forma, pero que empezaba a impacientarse dentro de mí.  Durante mucho tiempo pensé que no tenía nada que ofrecer y me dejé llevar por el miedo a equivocarme. No fue hasta que empecé a informarme acerca de esta nueva faceta de mi vida cuando comencé a darme cuenta de cuán equivocada estaba.

Tomar la decisión de involucrarme como voluntaria no fue fácil, puesto que supone luchar contra las trabas que a veces nos ponemos a nosotros mismos, pero cuando tomé la resolución, supe que ya no había vuelta atrás y fui invadida por un torrente de emociones que no había sentido hasta el momento.

Por una parte, sentí una gran euforia inicial, la que sólo proviene de la certeza de saber que se está haciendo algo significativo, algo real, que contribuía lograr un poco ese mundo en el que yo quería vivir, en el que las personas cooperan y se ayudan entre sí.

Por otro, también me sentí algo abrumada y comencé a plantearme si verdaderamente había tomado la decisión correcta, si realmente ese voluntariado era lo que yo esperaba que fuese o mi mente había romantizado la idea de realizar «un servicio a la comunidad».

Con mi euforia y mis miedos aún en mi cuerpo, me presenté el primer día en la escuela donde iba a pasar las próximas 6 semanas de mi vida. Mi primer voluntariado consistía en dar clases de cultura general a niños desfavorecidos con el objetivo de distraerles de otras actividades perjudiciales que se desarrollaban en su entorno. Es decir, el tiempo que pasaban conmigo en la escuela, no lo pasaban en la calle.

A través de esta experiencia, fui descubriendo mis puntos fuertes, mis puntos débiles, lo que me gustaba hacer y con lo que no podía lidiar, puesto que realizar un voluntariado también significa adentrarse en un mundo agridulce, en el que la felicidad y la tristeza se manifiestan de forma contemporánea.

El ser voluntario implica un gran sacrificio, una gran dedicación, y por ello es normal que a veces queramos tirar la toalla. Sin embargo, el que llega hasta el final de esta experiencia sabe que nunca volverá a ser el mismo.

Curiosamente, lo más destacable de todo es que uno empieza el voluntariado pensando que va a ayudar a alguien, que va a hacer el bien y que podrá asistir a una comunidad o a un centro necesitado. Nada más lejos de la realidad. Lo que realmente descubrí de mi experiencia como voluntaria es todo lo que los niños, los trabajadores, organizadores, todos los eventos a los que asistí habían hecho de mí una persona nueva, más valiente y madura.

Después de todo, sentí que la mayor beneficiaria de ese programa de voluntariado no fueron los niños, sino yo misma, puesto que estoy convencida de que todos ellos me aportaron muchísimos más a mí de lo que yo jamás les pude aportar a ellos.

Esa es la clave del voluntariado, una de las actividades más enriquecedoras de mi vida, y también la razón de que ese fuese mi primer voluntariado, pero no el último.

 


Alumnos de la escuela Alpha Lumen realizando actividades con los voluntarios / Hannah Holzfrucht

 

Algún que otro consejo antes de elegir un voluntariado

No hace falta irse al extranjero 

Son muchas las organizaciones locales que ofertan plazas como voluntario, puedes encontrarlas fácilmente en internet haciendo una búsqueda con Google. En el ámbito nacional tengo experiencia con el sitio Haces Falta con la que he tenido hasta ahora sólo experiencias positivas.

En caso de salir del país, respeta siempre la cultura del país de acogida 

Actualmente está muy de moda lo que se conoce como «turismo voluntario», es decir, irte al extranjero para llevar a cabo una experiencia de voluntariado de corta duración, de 4 a 8 semanas aproximadamente.

Considero que la iniciativa en sí es positiva, puesto que cualquier voluntariado o ayuda lo es, pero sí que es importante no caer en frivolidades e involucrarse con la asociación con la que hayamos decidido trabajar.

Es decir, hacer turismo y conocer un nuevo país es una experiencia fantástica, pero si decides hacer un voluntariado en el extranjero tómatelo en serio, porque si no la experiencia puede resultar más perjudicial que beneficiosa, y la organización de acogida podría decidir no volver a participar en programas de voluntariado.

El portal de voluntariado de AIESEC, abierto a estudiantes de todo el mundo, tiene una gran variedad de programas de voluntariado en cualquier parte del mundo. Gracias a este portal, tuve la oportunidad de formar parte de un programa de voluntariado de tres meses en Brasil, que se desarrolló de forma más que satisfactoria.