Recuerdo que mi abuelo, padre de mi padre, pasaba largas temporadas del año en casa. Era un hombre de pueblo, quizás sin mucha cultura de libros, pero con muchos momentos vividos. Se quedó viudo y ya sabemos que antiguamente una mujer viuda se quedaba en su casa, valiéndose por sí misma y sólo en casos muy concretos, por edad o por salud, se iba a vivir con alguno o algunos de sus hijos con la maleta a cuestas, para, pasada una temporada, mudarse a la casa de otro hijo, y así sucesivamente.

Pero cuando un hombre se quedaba viudo, debía, sin duda, irse a vivir con los hijos porque se presuponía, y el tiempo daba la razón, que no sabía cuidarse sólo. Mi abuelo paseaba, sólo por las mañanas, se echaba un cigarrito, bebía su chato de vino, se ajustaba esa boina verde musgo de lana, siempre el mismo color o como mucho marrón, y siempre se compraban en el mismo sitio, una  tienda de gorros de la Plaza Mayor.  Siempre con sus pantalones de pana, sus camisas de cuadros y sus jerseys de ochos. Sus ojos azules grisáceos, pequeños y cristalinos. Su nariz aguileña, sus labios finos y su sonrisa. Dormía en el sofá cama del salón y le entraba el sueño pronto por la noche, por lo que todos los miembros de la familia nos íbamos pronto a la cama para que pudiera descansar. A las seis y media de la mañana, a veces antes, con esa alarma biológica de horario laboral que había tenido durante toda su vida, se despertaba y se hacía el primer café. Bueno, se lo hacían mis padres porque él, la verdad, no sabía hacer café. Era goloso, le encantaba el helado y el café sólo, con mucho azúcar. Siempre se echaba la siesta, la del burro, antes de comer, y otra, la del león, después. Nunca salía del barrio, siempre eran las mismas rutinas, pero si íbamos a la pastelería típica de Sol, sabíamos que no podíamos volver a casa sin comprarle, sí o sí, un muggie de crema.

Le encantaban las películas de vaqueros. Hablábamos muy bajito para no despertarle cuando se quedaba en duermevela y le incluíamos en todas nuestras vivencias familiares. Comía pepino con todas las comidas como si fuera pan, y siempre llevaba en su bolsillo una navajita con la que partía todo, desde una rama, hasta el pepino. Nunca nos la dejaba. Decía que su navajita no nos conocía y que nos podía cortar… Sólo conviví, y me enfadé, con este abuelo. Recuerdo el primer dibujo que hice directamente a  rotulador en la parte gris del cartón de una caja de pinturas que le enseñe muy orgullosa y contenta. Había dibujado a Mortadelo con sus gafas, su frac y su larga nariz. Me fui al colegio y cuando volví y le pregunté por mi dibujo, vi que lo había usado de posavasos. Allí estaba, como si fuera un «papelajo» con el cerco del café, que había intentado limpiar con la mano y por su puesto, el resultado, fue el de una mancha mayor que la anterior en mi maravilloso, seguro que no tanto si lo viera hoy, dibujo «de mayor». Me enfadé tanto con él, tanto, que le cogí todo el tabaco y se lo escondí entre los libros del salón.  [Nota: Fumar perjudica seriamente la salud, la tuya y la de tu entorno].Yo tendría 8 años. Fue con el abuelo que más conviví. Enviudó muy pronto, así que estuvo desde siempre en casa, cumpliendo fielmente el rol de abuelo clásico. Respecto de mis abuelos maternos, fue ella, mi abuela, la que enviudó por lo que, cómo era de esperar, se quedó solita en su casita del pueblo para no «molestar» a sus hijos porque ella, sí se valía por sí misma.

De vez en cuando nos visitaba, aunque por aquel entonces su pueblo estaba mucho más lejos de lo que el transporte y las carreteras nos lo han acercado ahora. De ella, de María, sólo tengo una frase para los momentos de preocupación o no muy animados: ¡¡¡»arribina los corazones»!!!, decía con mucho animo una carita redonda de piel traslúcida, adornada con unos ojos azules profundos, aniñados, vivos, y una dulce sonrisa, pese a una vida dura, llena de responsabilidades y preocupaciones.

El perfil de «abuelo» ha cambiado mucho en tan sólo una generación. Hemos pasado de los abuelos que tenían que irse a vivir con sus hijos para poder estar bien cuidados a los abuelos que viven en sus casas y cuidan de varias generaciones. Los abuelos de ahora son esa generación del sándwich de la que hablamos hace unas semanas, que ha cuidado de sus progenitores, que ha cuidado de sus vástagos y ahora cuida de los cachorros de sus hijos. Son esos abuelos que van corriendo de un lado a otro porque la conciliación de la vida laboral y la vida familiar de sus hijos no existe, al menos en el 90% de los casos. Son los que van a buscar a los niños al colegio, los que los llevan al médico, los que pasan horas y horas de frío o de calor en el patio del colegio para que sus nietos se desfoguen jugando. Son los abuelos que les ayudan a hacer los deberes, sí incluso los de matemáticas e inglés. Son los abuelos que educan a sus nietos como si fueran sus hijos porque no pueden ni permitirse ser abuelos. Son los abuelos que cuando vuelven a sus casas por la noche después de haber empezado la jornada a las siete de la mañana para levantar, dar de desayunar y llevar a sus nietos a la escuela, están en sus salones, cansados y solos. Son esos abuelos que siempre están bien porque no quieren preocupar a sus hijos, que no tienen tiempo de cuidar de sus cachorros, cuanto más de ellos. Son esos abuelos que  siempre están para los suyos y cuyos nietos, a veces, tratan como si fueran esclavos.

Esclavos de varias generaciones. Esclavos sin sueldo. Abuelos que hacen la compra para sus hijos y preparan tuppers o fiambreras, que el castellano es un idioma muy bonito, para sus nietos, abriendo sus cocinas y sus salones los fines de semana para que sus hijos y nietos coman con ellos y así sus vástagos, cansados de trabajar durante toda  la semana, puedan descansar. Y todo ello, con una pensión escasa que administran de forma milagrosa.

Son esos abuelos que están para todos pero a los que nadie pregunta si quieren ir al cine,  si les gusta el helado o simplemente si se encuentran bien. Son esos abuelos que no reciben ni un gesto de agradecimiento…

Todos sabemos que no habrá abuelos como los que muchos niños actuales tienen hoy en día. Y es porque solo esa generación del sándwich se ha educado en el sacrificio hacia los demás sin importar sus sentimientos o sus necesidades. Su sacrificio, es el egoísmo de las generaciones posteriores.

Los abuelos no son asalariados, son nuestros padres, los que nos han educado, los que se han sacrificado por nosotros, los que nos ayudan a mantenernos donde estamos y ahora educan, cuidan y forman a nuestros hijos.

La próxima vez que estéis con vuestros padres o vuestros hijos estén con sus abuelos, hacedles ver cuán importantes son. No son cuidadores, no son cocineros de croquetas, flanes, arroz con leche o cualquier plato preferido que sus hijos o nietos tengan. Los abuelos son la sabiduría de nuestra familia, la historia viviente de nuestra estirpe, son el amor incondicional hacia sus descendientes. Son noches de desvelo por hijos y nietos. Son los corazones que sufren sólo con pensar en que algo malo les pueda pasar a los suyosLos abuelos son la guinda del pastel.  Preguntadles como están, preguntadles si necesitan algo, preguntadles si quieren compartir cosas con vosotros, no sólo cuidar de vuestros hijos. Queredles y dadles el valor que tienen en la sociedad actual que es mucho más del que les damos. Convivid con ellos, no les deis sólo la responsabilidad de cuidar de sus nietos. Pensemos en sus necesidades, en sus achaques, en su descanso, en su felicidad, en sus gustos,…Pensemos en ellos.

 

 

Gracias abuelos