Querer es poder. La perseverancia, la constancia y las ganas de conseguir un reto son motores implacables para logar un objetivo. Pero a veces uno necesita un empujoncito extra, una mano amiga que le ayude a avanzar. Y esto es lo que pasó con estos niños de un colegio de Japón. Uno de sus compañeros intentó una y otra vez saltar el potro, pero no era capaz. La altura del obstáculo era demasiada y aunque él lo afrontaba sin parar, era incapaz de superarlo. Incluso se le caían las lágrimas, pero él seguía insistiendo. Hasta que de repente sus compañeros, que apenas levantan unos palmos del suelo, decidieron darle el empujón que le faltaba. Un impulso en forma de abrazo y grito de ánimo. Un abrazo colectivo que le aportó la dosis de energía necesaria, la fortaleza para que el niño se decidiera y saltara el potro como por arte de magia, con una facilidad pasmosa.

 

Grandísima lección, moraleja sublime. A veces uno mismo no es consciente de todo lo que puede conseguir. En ocasiones se necesita esa voz amiga, cercana, que te diga: «Tú puedes con eso y con más». De esa manera uno crece ante las dificultades. Saca lo mejor de si mismo, la fuerza interior y arranca de nuevo el camino con una fortaleza desconocida, escondida hasta entonces. Y llega, llega muy lejos, más aún de lo que nunca hubiera imaginado.

Este símbolo de solidaridad, de apoyo al otro que hemos visto en esta escuela de Japón es un gran ejemplo de una sociedad avanzada. De una sociedad sabedora de que el triunfo de cada uno de sus integrantes es el triunfo del conjunto. De nada sirve educar en el individualismo y en la corriente de la envidia. La empatía y el trabajo en equipo son claves para hacer seres humanos dignos y con valores. Y esos valores se demuestran cada día, en casa, en el trabajo, en la calle. No hay que esperar un momento de dificultades para dar ese empujón a alguien, cualquier momento es bueno para tender esa mano amiga, esa frase de ánimo y ayudar a saltar esos potros que todos nos encontramos en el camino en algún momento.

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