Oímos decir que quien actúa con generosidad es una persona altruista. Lo mismo de quien guarda una actitud benevolente para con los demás. El altruismo es, según los lingüistas, esa “diligencia en procurar el bien ajeno” al otro (autrui, en francés), aun sea a costa del de uno mismo.

Aunque puede parecer una definición muy breve, lo cierto es que nos deja ver, a primera vista, qué mueve a una persona a ayudar a los demás: el BIEN del otro, a pesar de los peligros. ¿No te parece lo suficientemente bonito como para estremecerte?

Esto de procurar el bien a los demás, ¿es fácil? ¿Quién puede decir que ha hecho “bien” a alguien (o “bien por” alguien)? ¿Cómo uno sabe qué es “el bien” y/o qué “está bien”? Es cierto que este concepto podrá ser entendido de muchas maneras, y siempre en relación a las experiencias vividas y al bagaje profesional y emocional de cada individuo. Pero me atrevería a decir, en cualquier caso, que el bien es la finalidad que mueve a alguien a ser de ayuda a/para los demás, cuando uno tiene la esperanza de mejorar(se) como persona, como pueblo, como humanidad…

La sociedad nos ha enseñado a llamar buena persona (“de bien” o persona “buena”) a quien desea contribuir a la mejora de las condiciones de vida de sus iguales (porque entiende que eso es el “bien” o algo “bueno”); así es quien sustenta su acción en el beneficio del otro, ya sea material o inmaterial. O de quien reacciona ante un caso de emergencia, de salvamento, de apoyo a un sufrimiento del que se es cómplice… Pero ¿por qué?

En base a mi pequeña experiencia de vida, creo que alguien que persigue el “bien” lo hace en razón de su condición humana, de su entrega a la vida; porque ES y ESTÁ presente y atento al entorno, y porque se siente concernido ante lo que ocurre a su alrededor. Y es ciertamente una suerte a día de hoy poder cruzarse con personas así, cuya atención “sensibilizada” hacia el otro es compartida. A mí me generan, desde luego, todo mi respeto y admiración.

Pero muchas veces sigo cuestionándome acerca del altruismo y de sus verdaderas causas: ¿Es una manera de proceder innata? ¿Acaso “ayudamos” al otro según ciertas condiciones? ¿Realmente un contexto puede llevarnos a ser altruistas? ¡Cómo saberlo…?

 

Pienso que, no es necesario que uno deba dedicarse a la ayuda humanitaria para poder detectar ciertas cualidades altruistas en uno mismo o buenos comportamientos en su mismo círculo social. De hecho, podemos encontrar siempre la excepción a la regla, y dar con personas egoístas o poco benevolentes incluso en este tipo de terrenos. Seguimos entonces reflexionando…: si quien trabaja en “ayuda humanitaria” no se comporta siempre de forma altruista, entonces ¿el altruismo conoce límites o grados de intensidad?; ¿Es posible actuar “bien” siempre?; ¿Qué une a personas altruistas que tienen distintos orígenes y/o contextos?

Yo mantengo actualmente la hipótesis de que las personas que motivan sus acciones en ayuda a los demás son gente con una base moral común, con independencia de lo político y/o religioso: porque tienen en cuenta las consecuencias de sus actos en aras a una finalidad positiva. La ética mueve así los pensamientos y las acciones “buenas” en estas personas.

Y sea cual sea el fondo de expresión del comportamiento altruista, observo al menos en estas personas una voluntad de vivir por algo bueno o algo por mejorar. “Descubrir la energía interior y entregarla para renovar el mundo; he aquí el altruismo”, decía el escritor Rafael Barrett, a comienzos del siglo XX.

¡Están pues invitados a cultivar esa energía y a contagiarla!