Madurar no es una tarea fácil, y seguramente muchos nunca lo consigan a pesar de vivir una vida entera. Aunque asociamos la madurez a la adultez, a menudo nos encontramos con adultos que siguen atrapados en actitudes infantiles impropias de la edad que tienen. ¿Por qué?

Lo cierto es que convertirse en una persona madura requiere de tiempo, experiencia y consciencia:

  • Tiempo, para que el cerebro humano termine de desarrollarse.
  • Experiencia, porque es evidente que cuanto más vivimos, más aprendemos y más sabiduría adquirimos
  • Consciencia, porque la madurez es una actitud que deliberadamente elegimos para enfrentarnos a la realidad.

Pero, ¿qué significa ser una persona madura?

En mi opinión, significa tomar responsabilidad de lo propio, de quién y cómo soy, es decir, de lo que siento, pienso y hago. Se trata de responsabilizarme tanto de lo externo (p.ej., mis obligaciones laborales o familiares, cuidar de mi salud, etc.) como de lo interno (p.ej., cómo gestiono mis emociones o cómo me relaciono conmigo, con los demás y con mis problemas).

Entonces, la madurez es también una dimensión emocional. Cuando me conozco y me responsabilizo de mis afectos, pensamientos y actos estoy honrando a la persona que soy.

Desde esa posición puedo asumir las consecuencias de todo lo que venga después, sea bueno o malo, justamente porque he elegido comportarme de un modo determinado y no de otro. Se trata de vivir en armonía con uno mismo, de tomar consciencia de las propias acciones y de no culpar a los demás.

Por tanto, las personas maduras emocionalmente son coherentes, íntegras y consecuentes. Se preocupan por sí mismas, se cuidan y por eso expresan y comparten sus emociones. Además, entienden que la verdad es la mejor forma de comunicación. No suelen castigarse o torturarse con palabrería mental innecesaria, precisamente porque viven una vida elegida de forma consciente y asumen lo que ello comporta.

En resumen, ser una persona madura significa actuar desde el adulto que habita en nuestro interior.

Y, ¿qué es el adulto interior?

Según el Análisis Transaccional, enfoque terapéutico de corte humanista desarrollado por Eric Berne a partir de los años 50, y de forma muy simplificada, nuestro Yo se divide en tres partes funcionales: el Padre, el Adulto y el Niño.

El Adulto Interior es la parte realista y racional. Es un pequeño científico que acumula, ordena y utiliza la información de nuestro entorno con la finalidad de ofrecer la mejor respuesta para el propio individuo.

La información que maneja el Adulto Interior es tanto analítica como emocional. Sin embargo, un adulto sano no se limita al mero procesamiento de datos, sino que trasciende esa faceta y es capaz de mediar entre las distintas partes que conforman nuestro Yo:

  • El Padre Interior: la parte del Yo interno que juzga, critica, invalida, ordena y prohíbe. Conoce las normas y pretende que vivamos bajo sus estándares. Es el eterno juez.
  • El Niño Interior: la parte más instintiva que quiere disfrutar, sentir, que no conoce normas y solo busca placer y gratificación. Suele enviar información emocional al Adulto para que éste la integre.

El Adulto sano es capaz de satisfacer los deseos del Niño sin frustrar las necesidades de Padre.

Entonces, el Adulto Interior es capaz de dar, pedir y recibir. Comparte, se comunica. Se comprende a sí mismo y puede conectar con los demás. Se encarga de ofrecer cariño, protección, aceptación y validación al Niño Interior siempre que este se sienta herido, frustrado, triste, nervioso, preocupado o conmovido. En el Adulto encontramos el refugio y el amor incondicional que nuestro padre interior no nos puede ofrecer, puesto que nos exige, nos limita, nos hace sentir a menudo culpables o avergonzados.

El Adulto acoge, y desde ese espacio de comprensión y no-juicio, nos ofrece soluciones y alternativas responsables para lidiar con nuestra realidad. El Adulto Interior es el hogar, la calidez, la sensatez. Practicar el adulto es practicar la madurez.