Me imagino la soledad como un alto en el camino. Una pausa. Un espacio amplio y libre. Un momento suspendido en medio de lo caótico que es vivir rodeados de estímulos. Es una puerta hacia la introspección. Nos brinda la oportunidad de recogernos, de reencontrarnos con nosotros mismos y de reflexionar.

Cuando abrimos esa puerta, muchas veces no sabemos qué vamos a encontrar al otro lado, aunque quizás lo intuyamos. Al cruzarla, descubrimos mundos. Nuestro mundo interior. ¿De qué color es? ¿Qué forma tiene? ¿Es un lugar, como una habitación desordenada o un bosque silencioso? ¿Es de día o de noche? ¿Es mutable o estático? Probablemente, la imagen mental que surge cuando intentamos darle forma a nuestra soledad es un reflejo de nosotros mismos, de nuestro estado actual, de quién y cómo somos.

A veces, resulta incómodo estar a solas, ya que el ruido mental no siempre es fácil de apaciguar -o controlar- y puede que en ese espacio íntimo afloren emociones, sentimientos o pensamientos que pasan desapercibidos el resto del tiempo o que tratamos de evitar porque los consideramos desagradables. Sin embargo, la soledad es un regalo.

Encontrarás en ella una fuente de información poderosa que te guía. Atiende. Permítete sentir. Escucha lo que viene a decirte porque probablemente te ofrezca pistas sobre el momento vital en el que te encuentras y sobre qué necesitas ahora mismo.

SI TE MOLESTA LA SOLEDAD, PRACTÍCALA

A menudo, tendemos a llenar ciertos vacíos con compañía, justamente para no pensar o no sentir. Eso no es malo en sí mismo. Simplemente, es una estrategia más para dejar de estar ‘mal’ (preocupados, ansiosos, tristes, etc.) o para estar ‘mejor’ (distraídos, animados, alegres). No obstante, como con todo, abusar es perjudicial.

Plantéate por qué buscas compañía, desde qué posición nace esa necesidad: ¿es desde la tristeza? ¿desde la incomodidad? ¿desde el miedo? ¿o quizás el bienestar o la plenitud? Explora cuál es tu objetivo cuando, por ejemplo, coges el teléfono para hablar con un amigo, cuando decides salir a tomar algo, cuando dices que sí al plan improvisado. La respuesta casi nunca es blanco o negro. Normalmente existe una parte que quiere evitar quedarse a solas y otra que quiere compartir, y lo ideal sería que en la balanza pesara más el deseo de compartir experiencias que el miedo a la soledad.

Por tanto, abre la puerta e investiga, pero no mires hacia otro lado. Lo que habita dentro de uno mismo es demasiado importante para ser evitado, acallado o ignorado.