El psiquiatra Tamaki Saito acuñó este término en el año 2000 para definir un comportamiento de aislamiento social y de autoreclusión que afecta a un gran número de adolescentes, 1 de cada 10, en su mayoría varones, de la sociedad nipona. El perfil de estos jóvenes suele ser el de chicos tímidos, con pocas dotes sociales, baja autoestima, en muchos casos, víctimas de bullying y en exceso sensibles, que se sienten presionados por las exigencias sociales y familiares características de la sociedad japonesa.

Para que se dé este diagnóstico, se deben cumplir una serie de requisitos de los que quizás, el más característico, sea el tiempo mínimo de reclusión social física, que debe ser de al menos 6 meses, y digo “reclusión social física”, porque de estos jóvenes, al menos un 10%, sigue manteniendo una vida social virtual, es decir en redes sociales.

En los países occidentales, donde la sociedad es menos tradicional que la japonesa, donde el choque social y emocional entre el individualismo capitalista, la competitividad  y el arraigo de las tradiciones no es tan fuerte, parece inconcebible que un adolescente llegue a casa, se encierre en su dormitorio y se niegue a salir o a tener trato con familiares y amigos y sin embargo, sí salga a asearse (no siempre es el caso), y sí permita que sus padres le limpien la habitación y además, se le conceda tener una vida anárquica en cuanto a horarios y responsabilidades, durmiendo durante el día y jugando a la consola, viendo la televisión o navegando por internet  durante la noche.

Muchos podríamos pensar que esta “tontería” se terminaría cancelando la suscripción a internet o por qué no, quitando la puerta de la habitación evitando así  la primera barrera física de este aislamiento voluntario, pero el temor de los padres a hacer daño a sus hijos y el desconocimiento de la causa del comportamiento de sus vástagos, (a día de hoy no está muy claro si la causa de este síndrome es social o psicológica),  hace que se den estas situaciones no sólo en el país del sol naciente, que nos parece distante y lejano tanto en kilómetros cómo en educación, sino también en occidente, donde, países como Islandia, Suecia, Alemania, incluso España con nuestro buen tiempo y nuestra fama de “gente sociable”, padecen esta enfermedad.

Recientes estudios sugieren que, junto con otros, la falta de comunicación con los padres,  acentuada por la no conciliación entre vida laboral y familiar en este caso, el exceso de tecnologías y redes sociales y el alto consumismo, podrían, en los perfiles que se indicaban anteriormente, ser causa o influir en la aparición de esta “reciente” enfermedad…

Comunicación y una rápida intervención de un especialista ante los primeros síntomas observados pueden atajar esta enfermedad y evitar males mayores.