El graffiti se pone en boga en los suburbios neoyorquinos de los 60 como movimiento de expresión urbana. Sin embargo, no es nada nuevo, en Pompeya se recoge una de las grandes colecciones de la historia clásica.

A pesar de su antigüedad, los graffiti llevan consigo un estigma social muy arraigado. Lo que para muchos es un acto vandálico con afanes de deterioro público, para otros es arte. Cierto es que se debe diferenciar el graffiti artístico del vandálico, no por la calidad pictórica, sino por su legalidad.

Legalidad muy bien aprovechada para pequeñas asociaciones que pretenden ayudar a jóvenes conflictivos o en riesgo de exclusión social. Estas comunidades, apoyadas por los Ayuntamientos, fomentan la expresión de toda esa rabia acumulada a través de spray. Así, los jóvenes plasman sus pesares y se sienten parte de un colectivo entre iguales, fomentando la inclusión social. Los jóvenes aprenden a trabajar en equipo y a desarrollar un pensamiento artístico y, por ende, crítico.

Sin embargo, es bien sabido que el mayor cuerpo grafitero está ocupado por vándalos. Las ansias de reconocimiento, el morbo por lo prohibido y esquivar a los agentes crean un cóctel perfecto. En la mayoría de casos, es una firma lo que se presenta para saber qué  osado “mengano” lo hizo. Tal vez -y solo tal vez- si fuesen legales, este tipo de actividad perdería el interés entre aquellos que lo hacen porque está prohibido.

No obstante, el graffiti nace de la necesidad de expresión reivindicativa, por lo que muchas pintadas pretenden mover consciencia. Señalan malestares actuales de índole político, religioso o social -recordemos las pintadas en la fachada del 15M-. Estos actos, buscan el escándalo, despertar la ampolla social y, aun siendo legales, seguirían en el acerbo colectivo, pues hay fuertes pretensiones: los ideales.

Sea el motivo por el que fuere su creación, todos tenemos guardado en la memoria de la retina alguna obra de arte en pared. Aquellas que llenan de color, luz y vida nuestros barrios y hacen que nos detengamos a contemplar, olvidando unos instantes nuestros quehaceres diarios. Juzguemos el vandalismo, pero gritemos a favor de todo lo que sea arte, es el gran regalo de la humanidad.