Cuando hablamos de el valor de las personas, hablamos de una apreciación que cada uno hace a partir de las características, principios o cualidades que considere idóneas en la personalidad que todo ser humano debería tener.

“Quien escucha con el corazón encuentra la armonía entre la palabra, el gesto y el silencio”. (J. Bermejo)

En una sociedad, en ocasiones caótica, como la nuestra, en la que tal vez son demasiadas las veces en las que el objetivo importa más que la manera de conseguirlo, en el que nuestro bienestar está por encima de todo, donde presumimos de conocimiento, cuando realmente pecamos de una ignorancia ciega hacia nosotros mismos. Una sociedad donde tres palabras bonitas pero vacías pesan más que los sentimientos, y en la cual las mentiras y el engaño, tan normalizadas como dolorosas, empujan al ostracismo a la mirada más romántica o al beso más intenso. Perdemos la verdad, el sentir, enterramos nuestra esencia y nos convertimos en seres inertes. Y no nos duele, porque el orgullo nos hace falsamente fuertes, la comodidad y el ego esconden nuestros errores, y nuestra falta de ética los mantiene ocultos.

Son demasiados los factores que muchas veces nos llevan a actuar en contra de esos valores que exigimos a los demás. Casi sin apreciarlo pasamos de un lado al otro de la barrera. En algunos momentos somos inconscientes, pues nos hemos mal acostumbrado a vivir así, pero reconocer esa inconsciencia de actuación y corregirla, demuestra a uno mismo que existen opciones, opciones para actuar de forma diferente.

“Sé el cambio que quieres ver en el mundo”.

Aunque esa frase se le atribuyó a Gandhi, realmente no es suya, pero definiría perfectamente el legado de su vida. El quiso ser el cambio y sin duda lo fue.

Debemos recordar que somos los responsables de nuestras decisiones y esa libertad nos permite elegir que tipo de personas queremos ser y decidir cual será el siguiente paso. El valor de las personas es un pensamiento idealizado que comienza por uno mismo. ¿Quieres un cambio?, pues sé ese cambio.

Hay esperanza si queremos creer, hay emoción si decidimos sentir. El respeto, la sinceridad, la empatía, deben ser los pilares que mantenga la pureza en las personas. No supone un esfuerzo, simplemente es vivir el presente, como decidimos olvidar en el pasado.