La naturaleza es una gran maestra. Silenciosa pero constante, nos enseña el camino para florecer y dar lo mejor de nosotr@s mism@s, ¿te atreves a seguir su consejo?

LA SEMILLA

Somos semillas. Nacemos con un gran potencial en el interior. También somos diferentes, tan diversas como la diversidad de semillas que encontramos en la naturaleza. Algunas tenemos el potencial de ser fuertes como el roble, otras flexibles como el bambú, otras bellas y sutiles como una flor.

Cada cual tenemos nuestras características para desarrollar y, así, poder alcanzar nuestro florecimiento y realización. Y quizás este sea un primer paso, ir hacia dentro y preguntarnos: ¿qué tipo de semilla soy? ¿Qué actividad me hace sentir realizad@? ¿Qué esfuerzo da plenitud a mi vida?

LA TIERRA

La igualdad de oportunidades, también en el mundo de las semillas, es una utopía. Nacemos en tierras y contextos diferentes. Hay semillas que caen en campos fértiles, otras en terrenos baldíos, algunas lo hacen en pedregales, otras en medio de la Amazonía. Hay suelos ácidos, arenosos, inundables, áridos, con déficit de nutrientes o abonados con cariño.

No todos los entornos son favorables, pero no hay nada más poético que la flor que brilla en medio del desierto.

Imagen de Georgina Cerqueda

LA GERMINACIÓN

Sea cual sea la tierra en la que cae, la semilla se adapta y llega un día en que está preparada para germinar. Pero tiene miedo. No sabe qué hay más allá de la cáscara que la cubre y que la protege del frío, de la humedad y de las amenazas del entorno. Es peligroso. Y, sin embargo, una fuerza interior la impulsa a intentarlo, a salir de su zona de confort y a encontrar el camino hacia su realización.

Y un día: ¡clec!, la cáscara se rompe.

El tallo, frágil y vulnerable, se abre paso a tientas, con la incertidumbre precediéndole los pasos y las dudas entrometiéndosele en los zapatos. Es un periodo de esfuerzo y confianza. Esfuerzo de seguir avanzando en la oscuridad, entre las piedras y la dureza de la tierra. Confianza en que, en algún momento, se alcanzará la superficie y brillará el sol.

EL TALLO

Tras un periodo de tiempo indefinido, una brizna de esperanza se asoma a la superficie. Los peligros aumentan: los pájaros buscan picotear la ternura de la juventud, el viento sopla con fuerza, el frío no perdona y nadie repara en el brote que está naciendo.

Pero el tallo, que empieza a ser consciente de su fuerza interior, continúa su camino. Pasarán días, meses, quizás años, habrá épocas de frío, otras de sequía, surgirán contratiempos y depredadores, pero ya no hay marcha atrás.

LA FLOR

Y un día, la semilla —que, pongámosle, estaba destinada a ser flor— florecerá. Puede que la admiren por su belleza, o tal vez nadie se detenga en apreciarla, quizás las abejas le sorberán el néctar o los enamorados le arrancaran los pétalos para descifrar los enigmas del amor. Seguramente no tendrá ni las comodidades ni la seguridad que tenía bajo tierra, pero se sentirá plena al haber alcanzado la mejor versión de ella misma.

Y tú, ¿tienes el valor de florecer?