“Escoger un camino significa abandonar otros. Si pretendes recorrer todos los caminos posibles acabarás no recorriendo ninguno (Paulo Coelho)”

Nací en una de esas ciudades con el tamaño justo para salir a jugar a la calle con la despreocupación de que nada puede pasar. Tuve por ello una infancia maravillosa. Días sin fin, amigos en el parque, aventuras en cada rincón, bocatas en el banco. También más de una regañina por llegar a casa más tarde de lo que deberías. Y eso que no importaba como de bueno fuese el día, la  mayor recompensa siempre era ese camino que me llevaban a casa.

A pesar de que para mí nunca se quedó pequeña siempre tuve latente ese espíritu que te empuja a probarte. La inquietud que te hace moverte entre tu zona de confort y la de riesgo. El deseo de probar caminos nuevos: metas (in)alcanzables, viajes, vivencias en otros lugares, nuevos amigos. 10 años fuera de casa y varios países más tarde me hacen mirar atrás cada vez más. Me hacen preguntarme que he conseguido de aquella lista de sueños que tenía en mente cuando mi preocupación era pasar el máximo tiempo al aire libre.

Antes de continuar he de decir que soy una persona altamente crítica conmigo misma a la par que poco ambiciosa. Cualquiera que lo piense detenidamente dirá que ambas son incompatibles. Sin embargo doy fe que se puede oscilar entre ellas como forma de vida. Lo que intento decir es que en esa evaluación no siempre he salido bien parada. Que a veces me cuesta hacer un resumen general de mi yo adulto. Tiendo a centrarme en las pequeñas cosas que aún no puedo tachar, desmereciendo el camino recorrido. Quizás porque vivimos en una época en la que la competitividad se lleva por bandera. El materialismo impera. La impaciencia del aquí y el ahora. El quererlo todo por comparación.

Pues hoy me he levantado y una vez más he vuelto atrás para hacer resumen global de los años pasados. Algo así como un vistazo general a los logros alcanzados. Primero salir del cole, después graduarse en la universidad. Entremedias un carnet de conducir a la primera y algo más tarde vivir de manera independiente. Un trabajo que hay  días que adoro y otros que me desespera, amigos de los buenos, los de siempre y lo que se han ido sumando por el camino. Familia, salud, amor y un bebé en camino. Después he vuelto la vista hacia el presente y el futuro. Allí he contemplado más metas y una cabeza y un corazón que siguen estando llena de proyectos. De propósitos que lucho por alcanzar “taitantos” años más tarde. Y me he sentido maravillosamente bien por todo ello. Y sobre todo me he sentido agradecida.

Para muchos puede sonar a poco. Para mí, con esa inseguridad de cuando era niña y veía ese futuro en blanco con cierto temor, supone un mundo. Porque la mayoría de esos sueños se parecen a los que veía entonces.  Y no existe en el mundo para mí mayor gratificación que haberlos conseguido con mi propio esfuerzo y el apoyo de mi gente. Sentirme satisfecha con lo que tengo, no necesitar nada más que lo que ahora tengo y seguir soñando y usando las mismas armas para conseguirlos. Porque el camino que veo por delante me tiene llena de impaciencia e ilusión. Para mayor fortuna dispongo de salud  para disfrutarlo cuando me he topado en este camino con mucha gente que no la tiene. En resumen, porque disfruto enormemente, aunque suene a tópico, con las cosas de toda la vida.

Así que esta misma mañana he decidido brindar por mí, por todo lo que he conseguido. Por la elección de un camino simple, sencillo pero lleno de ilusiones diarias. Porque mis pasos me han llevado a este viaje estupendo que disfruto como el que más.  Por todo ello ¡Salud!