En mi recorrido diario por periódicos, redes sociales y otros canales informativos, he llegado a la sección de mayores. Allí me he encontrado un titular que hablaba de Don Ramón. A Don Ramón lo encontró una enfermera velando solo a su esposa recientemente fallecida. Resulta que solo contaba con la compañía de un hijo suyo, discapacitado. Para mi sorpresa, la mayor parte de esta sección está ocupada por artículos de contenido similar. Historias que constatan la soledad a la que se enfrentan la generación de los mayores, en una u otra forma.

Mis abuelas tuvieron la suerte de estar acompañadas hasta el final por un sinfín de familia. Todos sin excepción nos desvivíamos por ellas para que lo único que hubiese en su cara fuese una sonrisa. Uno de mis más preciados recuerdos de mi infancia son las incontables horas pasadas con una u otra. El haber sido testigo de que ellas constituían el nexo de unión familia y su casa un punto de encuentro para todos. Lo mismo que ahora sucede con mi madre.

Mi primera parada en el mundo del voluntariado fue precisamente el acompañamiento a personas mayores. Esas personas estaban solas por uno u otro motivo. La vida no había sido justa con ellos, y habían ido perdiendo por el camino a todos aquellos que querían. Se me rompía el corazón ver como nos esperaban. Nos disfrutábamos horrores, con lágrimas de alegría incluso. Y recuerdo esa mezcla de alegría y tristeza que se reflejaba en sus caras a la hora de marcharnos.

Han sido muchos cafés, muchos villancicos cantados, muchas comidas preparadas y lo mejor de todo muchas horas de conversación.  Personas que estaban solas, se sentían solas. Sin embargo, esas personas tenían miles de cosas que hablar y que compartir. Esas personas me han enseñado tanto, de las que he aprendido tanto. Y al final, lo que no sabían es que eran ellos los que me estaban llenando con creces el corazón a mí.

Por eso me alegra encontrarme con noticias como estas. Que hay muchas herramientas para avisar de esa soledad. Y otros tantos mecanismos de respuesta a la esa situación. Como las redes sociales. O como el programa de Desarrollo y Asistencia, gracias al cual Marcelo ha encontrado en Pepe un buen amigo que lo acompaña tras la muerte de su mujer. Y hace que Ángeles, Laura y Juana salgan a pasear, olvidándose la primera hasta de los dolores.

Y que Don Ramón no tuvo que despedir solo a su mujer. Porque alguien pensó que tenía que contarlo al mundo. Y el mundo decidió ayudarlo.