Deconstruir es un término adjudicado al filósofo argelino Jacques Derrida, que viene a no significar “nada”, queriendo decir con “nada” como un simple proceso de “déjanos ser”, de construirnos y volvernos a deconstruir como seres líquidos, flexibles y volátiles. Somos una nada en constante movimiento.

El mundo tal y como se nos ha dado simplifica nuestra esencia a unas pautas marcadas culturalmente del cómo ser y cómo hacer.

Nuestra temprana existencia en un mundo materializado  se caracteriza por nuestro primer llanto como la primera manifestación de inconformidad por ese difícil y duro, pero necesario,  proceso de arrancarte de las entrañas de tu madre, de tu lugar de confort donde todo es cálido, oscuro, sin conceptos, ni preceptos, para darte un nombre y otorgarte una identidad.

Nuestra identidad es forjada por un sexo, un nombre, un género e incluso un color. Empezamos a construirnos con unas bases que creemos son las únicas y entonces, cortamos el pelo, perforamos orejas, ponemos faldas, pantalones y zapatos a juego… ¿y si se deconstruyen?, sólo hay que preguntarles qué desean hacer con sus cuerpos.

Un día le expliqué a mi hijo de 8 años acerca de los derechos humanos y cómo él, también es un ser garante de éstos, le dije: “tus derechos deben ser respetados, tenidos en cuenta y defendidos cuando se precise necesario”.

Así surgió su derecho a no cortarse el pelo y a defenderlo a capa y espada. Una larga melena que sobrepasa sus hombros y que, a los ojos de las demás personas simplemente es una chica por llevar pelo largo, a pesar de que su vestuario corresponde a lo que culturalmente se enmarca en lo masculino.

Cuando hacemos saber a la gente que se trata de un chico, entonces sueltan “es que eres tan guapo que pareces una chica”, como si la belleza sólo fuese cosa de chicas como su pelo largo, o como si el fútbol y el pelo corto o incluso rapado, fuera sólo cuestión de chicos.

Sí, creemos que es sencillo,  que en pleno siglo XXI apenas  nada puede escandalizarnos,  que estamos preparados/as para los cambios y transformaciones, para desarrollar una mentalidad libre de estereotipos y prejuicios, pero lo cierto es, que dista de la realidad.

El empoderamiento sobre la vida en sí misma (nuestro cuerpo, nuestra sexualidad, nuestros sentimientos, nuestros afectos, nuestros pensamientos, etc.) supone esa posibilidad de autogestionarse, de crearse bajo su propia imagen y semejanza con la total libertad que no rige actualmente en nosotros, ni en nuestros derechos humanos.

No es complicado romper moldes, lo complicado es enfrentarse al bloque que los sustentan. No son esos pilares los que necesitamos para no derrumbarnos, lo que necesitamos es una mirada consciente de que podemos ser y hacer las cosas diferentes y que no por eso deja de ser “normal” o “valido”, sea lo que sea que signifique ello.

Deconstruirse es simplemente fluir como la sangre en nuestros cuerpos, como el agua en los ríos, como una mirada en un par de desconocidos.