No, no estamos hablando de los países considerados “en desarrollo”. Allí, ya sabemos que la alimentación es precaria, escasa o nula por falta de agua potable, de suelo fértil y por la no inversión de los países desarrollados que prefieren gastar el dinerito en aviones ultrasónicos, por decir cualquier cosa, que en infraestructura o ayudas para el desarrollo sostenible a largo plazo en esos países. En este caso, nos referimos a países desarrollados y concretamente a España.

España, ese país tocado por la varita mágica orografica y climatológica. Ese país, hogar, a día de hoy, de más de 46,5 millones de habitantes, de los cuales el 89,9%  es de nacionalidad española y el 10,1% restante, extranjera. Ese país donde los inmigrantes registrados en el Padrón, son, la mayoría, de fuera de la Unión Europea, un 59,5%  frente al 37,7% que figuran como comunitarios. Ese país donde los marroquíes y rumanos son los extranjeros con más presencia, seguidos, con bastante diferencia por los británicos, quienes han hecho, de nuestras costas y nuestra islas, su Florida española, según los datos ofrecidos por el Instituto Nacional de Estadística, (INE). España, ese país bañado por el sol, por dos mares y un océano. España, ese país de paisajes diversos, de rica arquitectura herencia de todas las culturas que por ella han pasado y que a día de hoy conviven. Ese país de rica gastronomía, que presume y exporta productos de alta calidad con denominación de origen, desde el jamón de bellota, el queso de oveja, su paella, su gazpacho, sus espetos, sus fabes, sus vinos y sus aceites, por mencionar unos pocos. España, ese país que disfruta de los productos que conforman la tan alabada dieta mediterránea es, aunque parezca mentira, un país condenado a una alimentación insana. Y me dispongo a argumentarlo.

España tiene, en la actualidad, una tasa de desempleo del 16,7% de la población y más del  47% de la población activa malvive con el salario mínimo interprofesional, aceptado por el gobierno el pasado mes de diciembre de 2017 y que asciende a la cantidad de 735,90 €. Con ese sueldo, y con los actuales precios, es muy difícil acceder a una alimentación de calidad, sabiendo que ese gasto va después de otros muchos como la hipoteca o alquiler, suministros, (luz, el agua, el teléfono,…), transporte, etc.

Todos los estudios sobre alimentación nos indican que hay que volver a los productos naturales, los de antaño, aquellos productos de huerta de los que disfrutaban nuestros abuelos, sin pesticidas en los cultivos y con engorde natural en las granjas. Comida sana, orgánica, sugar free, gluten free, y todo lo malofree que pueda existir; pero cuando vamos a los supermercados y buscamos esos alimentos de cultivo orgánico, de kilómetro cero, y esos huevos de pollos felices que corretean por el campo, abrimos nuestras carteras y vemos que el sueldo no llega para realizar una compra a base de esos productos. Sin embargo, sí nos da para comprar cajas de galletas a 1 €,  y otra serie de productos procesados, industriales, llenos de aceites de palma, azúcares añadidos y otra serie de ingredientes que si no perjudiciales, sí son menos beneficiosos para nuestra salud.

En nuestro día a día, los anuncios que más se ven en la televisión, en las marquesinas de metro y autobús, en la vallas publicitarias de ciudades y carreteras son los productos de las cadenas de restauración rápida que prometen llenar nuestros estómagos con trocitos de pollo y cebollas rebozadas al módico precio de 1,95 €  o que alimentarán a toda tu familia con unos super menús compuestos por refrescos grandes, patatas fritas y hamburguesas (o las variantes italianas), por el módico precio de 5,95 €  o algo más, según el tamaño. Mucho más asequible, sin duda, que cualquier otro producto que sabemos saludable.

Si pudierais imaginar lo que me cabrean, perdón, enfurecen, esos anuncios, diríais que se me va de las manos, pero la verdad es que me indignan de tal manera que empiezo a decir barbaridades, a acordarme de las pobres madres de los comerciantes, porque a los agricultores les pagan dos duros por sus productos, y de las madres, abuelas y tatarabuelas de los gobernantes de este país que no toman medidas para que la alimentación saludable sea accesible para todos, aunque las pobres mujeres no tengan culpa de nada.

¿Por qué esas cadenas de restauración no ofertan la variedad de ensalada, zumos naturales y raciones de frutas al mismo precio que los combos de cebollas fritas, amalgamas de pollo y refrescos azucarados?¿Por qué el gobierno no grava ese tipo de productos con unos impuestos como los del alcohol y/o el tabaco, sabiendo lo perjudiciales que son para la salud? Está claro, que para quién sea, es mucho mejor llenar nuestros cuerpos con productos llenos de azúcares, colesterol y grasa eso sí, con una muy buena campaña de marketing, que permitir a toda la población el acceso a productos saludables.

¡Ven y come con nosotros! Te subimos el colesterol, el azúcar y la grasa por 1,90€, pero eso no te lo decimos y tampoco te diremos que es perjudicial para tu salud, ni que para tener controlados esos índices negativos de tu organismo deberás consumir unos botecitos de supermercado por los que pagarás, según donde compres, entre los 2,90 € y los 3,40 €. Que si los botecitos no funcionan, los medicamentos para el mismo fin, rondan entre los 11,00 € y los 34,00 €. Tampoco te diremos que el riesgo de infarto por colesterol, teniendo 240 mg/dl en sangre, es el doble que para aquellos que tienen 200 mg/dl y tampoco te diremos que se considera alto cuanto es superior a 160 mg/dl de acuerdo a la fundación del corazón, por lo que imagina cuál será el riesgo si a eso le añadimos el exceso de azúcar de nuestros productos.¡Yummy! Comida rápida y adictiva, asequible para todos los bolsillos.

No nos engañemos. Si tienes dinero pagarás por un producto de calidad, pero si tienes que mirar donde gastas tus céntimos, mirarás como llegar a fin de mes y pesará más un estómago lleno que la calidad de lo que compres, así que productos asequibles para todos aquellos que no pueden pagar por una botella de aceite de oliva 4,6o € cuando pueden cocinar con mantequilla a 1,50 €, productos asequibles para los que no puedan comprar  huevos ecológicos a 3,8o € la docena, cuando siguen siendo huevos los de categoría 3 (los de pollos infelices hacinados y engordados quién sabe con qué) a 1,50 €, o  para aquellos que no pueden comprar el pan de masa madre a 1,80 € la barra, cuando la baguette precocinada llena de azúcares es 0,60 €. Productos asequibles para aquellos que pueden sacar a su familia de cuatro a cenar y gastarse 40 € entre todos, en vez de ir a un restaurante con productos de calidad a 40 € por persona, porque al final es lo mismo, salir a cenar…

¿A dónde nos lleva esto? ¿A conformarnos con una alimentación perjudicial para nuestra salud, para el desarrollo tanto físico como intelectual de nuestra población y a conformarnos con comida rápida y procesada tanto fuera como dentro de nuestros hogares sólo porque se cobra poco más del salario mínimo interprofesional?

¡Pues me niego! Quiero que todos podamos acceder a una alimentación saludable que nos ayude a estar más sanos, a que gastemos menos dinero en medicamentos y por lo tanto también en sanidad. Quiero que el gobierno grave con impuestos todos aquellos alimentos que se saben perjudiciales para nuestra salud. Quiero una oferta real de alimentación saludable tanto en as cadenas de restauración, como en los supermercados. Me gustaría que no se tardará del orden de dos a tres generaciones para que una familia salga de su situación de precariedad económica y social y sólo entonces tengan la posibilidad de salir del círculo de pobreza y mala alimentación.

Resumiendo:

Quiero dejar de decir cuando veo anuncios de productos insanos a precios asequibles, que las personas con una economía ajustada están condenados a estar mal alimentadas.

y

Quiero empezar a pensar que hay cosas básicas independientemente de la capacidad económica que se tenga, que están garantizadas para todos.