La perfección del carácter es la siguiente: vivir cada día como si fuera el último, sin prisa, sin apatía, sin pretensión (Marco Aurelio)

En la época que nos ha correspondido vivir, uno de los mayores retos es responder a la multiestimulación sensorial que nos rodea. Estar a la altura en los tiempos de las prisas y la tecnología, de la continua disponibilidad hacia el mundo, tiene una cara B: la perdida de conexión con nosotros mismos.

La maravillosa posibilidad de recibir información en cualquier lugar, en cualquier momento, parece que paradójicamente nos lleva a no saber mirar en nuestro interior, con esa mirada paciente y analítica, benevolente, que necesitamos en primer lugar de nosotros mismos.

A partir de ahí, hemos comenzado el camino que nos conduce a la ansiedad y el estrés. La siguiente parada es la persistencia rutinaria en situaciones, hábitos y acompañantes vitales, sin preguntarnos si su presencia continúa teniendo sentido.

Muy bien, hemos constatado los efectos vitales que tiene esa desconexión y hemos llegado hasta el origen. Y ahora…¿qué? El mindfulness, definido como “prestar atención de manera consciente a la experiencia del momento presente con interés, curiosidad y aceptación”, puede ser un primer paso para volver a situarnos en el camino. Basado en técnicas orientales, ha irrumpido en nuestra sociedad con fuerza, llegando a emplearse en las terapias cognitivo-conductuales de tercera generación para salud mental. Su uso general en Occidente está orientado a mejorar la calidad de vida de las personas.

Entre sus múltiples beneficios se encuentran:

  • Estar plenamente en el presente, en el aquí y ahora.
  • Observar pensamientos y sensaciones desagradables tal cual son.
  • Conexión con uno mismo, con los demás y con el mundo que nos rodea.
  • Aumento de la autoconciencia.
  • Menor identificación con los pensamientos (no soy lo que pienso).
  • Reconocimiento del cambio constante (pensamientos, emociones y sensaciones que vienen y van).
  • Mayor equilibrio, calma y paz, menor reactividad emocional.
  • Mayor aceptación y compasión de si mismo.

El aprendizaje del mindfulness requiere de tiempo.

Se recomienda que las primeras sesiones no se prorroguen más de diez minutos, para que nuestro cuerpo y mente vayan aclimatándose, cuando ya adquirimos cierta practica, media hora al día, es suficiente. Para comenzar, hay ejercicios sencillos con los que trabajar la atención plena que podemos integrar en nuestra rutina diaria:

  • Un minuto de respiración profunda: Respiramos constantemente, pero casi siempre lo hacemos de forma inconsciente. Céntrate un solo minuto en la respiración. El hecho de tomarte ese tiempo es una gran ayuda para encontrar la conexión con tu cuerpo. Prueba este ejercicio: Toma una respiración lenta y profunda por la nariz, aspirando aire desde el abdomen en lugar del pecho. Haz una pausa, sosteniendo en su respiración, antes de dejar salir el aire lentamente por la boca. Así de sencillo. Repite varias veces y ¡sigue con tu día de plena conciencia!
  • Muévete para conectar con el cuerpo: El ejercicio físico es una oportunidad para la práctica de mindfulness. Pon tu atención especialmente en tres aspectos: la respiración, las posturas que adoptas y los movimientos que haces, momento a momento. Si estás corriendo, escucha el sonido de tus pies sobre el suelo, percibe el aire en la piel. Si levantas pesas, siente la barra de metal frío en sus manos. No dejes que los pensamientos negativos y las distracciones se adueñen de tu cuerpo. Déjalos pasar y céntrate en el cuerpo.
  • La escucha atenta: Por lo menos una conversación al día, con cualquier persona con quien interactúes, proponte escucharla con toda tu atención. Cuando ella o él se dirijan a ti, respira, aterriza en el presente y abre tu sentido del oído. Escucha sin interrumpir, sin dar tu opinión, sin autocompletarle las frases a tu interlocutor.

Recuperar la conexión con nuestro interior nos permite desarrollar recursos frente a las diferentes circunstancias vitales, encontrando la respuesta dentro de quien mejor nos conoce. El viaje hacia uno mismo es uno de los más reparadores que podemos emprender.